Y AHORA JAPÓN

Mariano Gomá Otero, presidente de Creu Roja Lleida

 

 

Hay veces que al coger la pluma y seguir el impulso de escribir por los empujones de la vida, pienso en aquello que ya resulta familiar, en el “déjà vu” francés; pues en otras ocasiones me he manifestado después de una catástrofe… Indonesia, Chile, Haití, etc. Ahora le ha tocado a Japón. Hoy escribo sobre el drama japonés después de haber anunciado que lamentablemente Haití no sería el último capítulo de la historia de las catástrofes en nuestro planeta. Sin querer invocar a fundamentalismos religiosos, ni a los miedos apocalípticos, sí cada vez comulgo más con el… “no sabéis ni el día ni la hora”.

Sin avisar, en zonas de la tierra más o menos conocidas, algo se mueve y la energía que provoca es tan enorme que se agitan los océanos, la tierra zarandea todo aquello que sobre ella hemos construido y la naturaleza desatada en un instante, como un estornudo, arrasa sin conocimiento ni piedad todo aquello que alberga. No estoy de acuerdo con los indicadores tecnócratas y comparativos sobre las consecuencias de los siniestros y las víctimas mortales en relación al desarrollo, nivel de vida y PIB de los países afectados.

Hemos podido ver en Japón cómo una ola gigantesca no tiene piedad de barcos, aviones, autopistas o centrales nucleares. Claro que en Tokio no se han visto afectados sus miles de edificios de la city a los que se ha aplicado en arquitectura su rígida y eficaz normativa sismorresistente; pero qué más da. La contaminación nuclear, la incomunicación, la ausencia de electricidad y todo lo que ello comporta es tan o más grave que la propia destrucción. Efectivamente, quizás no haya muerto tanta gente pero posiblemente han fallecido de otra forma. La supervivencia en soledad y desolación es quizás una forma de muerte en vida.

Después de la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaky, el tsunami parece ser la mayor hecatombe que debe soportar la cuarta potencia mundial. Entonces se debió a la locura de unos soberbios dirigentes y a la ilimitada crueldad de una guerra entre humanos; y ahora la desgracia se debe al capricho de nuestro planeta, que está bien vivo y muy activo, aunque su sumisa apariencia constantemente nos engaña.

Podemos leer en la prensa mundial la palabra hecatombe, todos los calificativos apocalípticos que se nos ocurran y miles de opiniones, críticas y manifestaciones que amplifican los gritos de los ecologistas. Éstos preocupan a los responsables de la energía, hacen titubear a los grandes mandatarios políticos acerca del camino a seguir, crean un enorme debate en los medios de comunicación que finalmente marcan el camino de la opinión pública y, mientras, los millones de ciudadanos de a pie no entendemos nada, ni nada sabemos de olas de contaminación, áreas terrestres afectadas, ni alteraciones secundarias.

Supongo que es el efecto necesario de la causa de ser tanta gente, tan diferente, tan distante y básicamente tan incomunicada, aunque la televisión nos engaña con lo contrario.

Si un día nuestro planeta dice ¡Basta!, aunque sea por destino natural, nuestra existencia habrá demostrado su absoluta inviabilidad, la energía seguirá su camino, la materia seguirá buscando un cuerpo donde habitar y todo lo demás habrá sido un viento universal. Por el contrario, si con nuestra intervención en el equilibrio material, provocamos una reacción del sistema, no serán suficientes todas las plegarias y oraciones, no serán obedientes los dioses, ni quedarán creencias y dogmas de fe que ayuden a mitigar la tragedia de nuestra propia destrucción.

Pero como soy un ser humano que vivo aquí, amo aquí, trabajo y escribo aquí… y quiero morir aquí; tengo que comunicar en alta voz que hemos sobrevivido a convulsiones, a imperialismos, a tiranías y a esclavitudes; confío y estoy seguro que de alguna manera nuestra especie sobrevivirá y nuestros hijos e hijas seguirán el camino que les toque.

Mientras, el sol seguirá dando calor, el planeta seguirá siendo azul y gris, el oxígeno dará vida, los seres humanos seremos capaces de imaginar, los científicos inventar, los gobiernos controlar, los arquitectos dibujar y los poetas escribir. Éste es quizás nuestro equilibrio, nuestra esperanza o nuestra sabiduría. Amén.