Mariano Gomà, presidente de Creu Roja Lleida

Estos pasados días de agosto en los que, sin hacer en realidad unas verdaderas vacaciones, se dispone de tiempo adicional en la jornada de trabajo u ocio, tuve el placer de descubrir y leer a diario los artículos de la periodista y escritora Joana Bonet en La Vanguardia. La verdad es que hacía mucho tiempo que no experimentaba el impulso de abrir el periódico y buscar sin más una página o una firma determinada. Su diaria opinión navegaba entre el humor y la ternura, volaba entre la chispa y la inteligencia y trillaba finalmente el camino polvoriento de la cotidianidad de la persona de a pie.
Y viene todo ésto a que por un impulso de enviarle un correo electrónico en el que le escribí que a este mundo en el que vivímos lo salvará el voluntariado y la solidaridad y no la tecnología, el desarrollo o la economía materialista del consumo, ella me contestó con un… efectivamente. Como por esa magia de las transmisiones hemos coincidido virtualmente en una opinión básica puedo considerarme ya presentado con Joana Bonet.
En mi opinión, el egoísmo, la incomunicación, el mirar hacia otro lado o el correr un tupido velo ante el drama social que aparece ininterrumpidamente en el escenario, nos permite quizás subsistir y seguir andando el camino amparados en “aquello no va conmigo o me pilla muy lejos”, pero cuando el silbido del golpe de hoz nos roza el cuerpo o le vemos las orejas al lobo o nos posee el terror, ya sea natural o provocado, la condición humana resurge de nuestras entrañas dispuesta a ayudar en lo que sea.

Esa es nuestra grandeza y nuestro drama, pues casi siempre es necesario que el drama nos abrace para demostrar nuestra grandeza como seres humanos. Por tanto, es de admirar el voluntariado como concepto y aquellas personas anónimas pero presentes que se ofrecen para lo que se necesite, que aparecen de forma incondicional acudiendo a cualquier lugar con las manos abiertas y ofrecidas. Deberíamos aprender de esa gente sin edad ni condición, que con alegría contagiosa y desbordante ofrece su tiempo, o parte de él, para la solidaridad dirigida a personas necesitadas o a causas humanitarias. Nuestra sociedad no concibe colectivos sin base y ese segmento, sano y generoso que ama a los demás, a la vida, y, por simple simpatía, a sí mismo, representa el cimiento y soporte de una humanidad atrapada y desconcertada por su propia evolución sin control.
Veo y vivo en mi actual responsabilidad la necesidad cada vez mayor del voluntariado, bromeando con la vejez, animando al desamparo o acompañando a la soledad. Y en ese ambiente, cada día más, todos deberíamos querer y poder ser voluntarios, cada cual en la medida de sus aptitudes y posibilidades, regalando a la sociedad un ejército de buena gente cuya única misión es sumar voluntades para que brote una sonrisa o renazca la alegría, con aquella mirada tan especial que brinda la gratitud.

¿Hay algo más importante en la vida que ofrecerse para recuperar el brillo de los ojos de un niño buscando una referencia, notar la silenciosa llamada de una piel necesitada o captar la sonrisa de quien ya no se siente solo, aunque sea por un instante?
A veces, al releer mis artículos de opinión, pienso que caigo en el romanticismo reiterativo de un humanismo empírico próximo a las teorías “rousseaunianas”, pero me basta ver un telediario o leer la prensa diaria para darme cuenta que para insultar, criticar, atacar y morderse la yugular, hay cola. Entonces me sosiega pensar que a ese juego no quiero jugar, que voy bien por donde voy y que es bueno que algunos vayamos a favor de las personas aunque a veces represente clamar en el desierto. Y me vuelvo a poner a escribir.