VOLANDO SOBRE EL MUNDO. Sé que cuando escribo éstas impresiones,  solo gente sensible o que me quiera de forma incondicional para su infortunio,  tendrá la paciencia de leerlas y con toda seguridad compartir conmigo esas sensibilidades aunque el hecho sea tan inútil como clamar en el desierto;  pero considero que tan solo con la ilusión de haber sido capaz de captar y transmitir un sentimiento o una vivencia,  entraré en el reducido espacio del poeta que nunca se verá reconocido,  como jamás se reconoció a tanta gente que escribió,  manifestó o aportó a la ciencia o a las letras,  algo de sí y que finalmente dejó para la posteridad o para simplemente quién quisiera aprovecharlo. Volando hoy a once mil metros de altura sobre el Atlántico Sur donde la tierra de fuego, el estrecho de Magallanes,  el Cabo de Hornos y los hielos perpetuos de la Antártida,  se enseñorean de un paisaje inhóspito de viento;  no puedo evitar una reflexión sobre la grandeza de nuestro planeta,  la belleza del límite de la estratosfera,  la sinfonía de colores en blanco y azul intenso con verdes y ocres  que se degradan o difuminan según las profundidades del mar o de las alturas de la tierra. Desde el confort del asiento del gran pájaro,  en donde una pantalla de tecnología GPS me va indicando la posición instantánea del vuelo en sus diferentes escalas de detalle;  a grandes distancias puedo ver desde Alaska y Canadá hasta el Círculo Polar Antártico,  con el Cabo de Buena Esperanza y Sudáfrica,  Australia y la Polinesia.  En éstas latitudes se conjugan los azules intensos,  los blancos y los verdes de las zonas  húmedas del Cáncer y del Capricornio;  pero fijando la posición de la vista en la franja ecuatorial,  los colores se convierten en un concierto de ocres y arenas de desierto y zonas áridas de África,  península arábiga,  Asia y China,  contraponiéndose en el globo con las zonas desérticas de Nebraska,  Nuevo Mexico y demás áreas desérticas americanas. Y viendo todo ello desde mi pequeño rincón del avión,  tampoco puedo dejar de plantearme la pregunta de por qué en esa inmensidad,  los pocos miles de millones de personas que la habitamos somos tan diferentes,  pensamos tan distinto y sobre todo,  gastamos tanta energía en guerras,  batallas y muerte.  Pensando  que las tres cuartas partes del planeta pasa hambre y el otro cuarto vivimos no obstante en la opulencia;  confieso que sea cual sea nuestro origen,  hemos evolucionado rematadamente mal y seguimos un camino equivocado.  Y ello sin entrar siquiera en, desde esa altura, nimiedades de ideas políticas,  etnias,  religiones o nacionalismos,  pues hoy mi escrito va de humanidad y convivencia. Ahora volviendo al mundo del GPS y mi pantalla global,  elevo mi foco y con él mi pensamiento a éste cono Sur de los glaciares patagónicos y la Antártida desde donde se siente la grandeza del mundo en que vivimos,  su salvaje belleza y su extrema dureza;  y comprendo entonces el porqué  de que tantas personas hayan sentido la llamada,  casi vocacional,  de explorar esas tierras.  Esa necesidad, de enorme desgaste físico acompañando a esa emocionante soledad con dificultades extremas y riesgos ilimitados;  tiene que verse compensada con creces al descubrir tanta belleza inexplorada que espera pacientemente ser limpiamente poseída.  No he sentido en mi vida esa vocación pero aquí y ahora no se me hace difícil entenderla y además afirmar que ese pequeño grupo de seres humanos privilegiados han sido por ella seducidos y por ella han perseguido sus fines hasta sus últimas consecuencias. Estoy también seguro que esas personas excepcionales,  viendo la inmensidad del hielo glacial o esos enormes parajes desconocidos,  se han preguntado por tanta barbarie y desencuentro,  experimentando desde esa soledad la necesidad de un mundo unido y solidario. Entonces entiendo también la felicidad que debieron sentir al hallarse tan ajenos al mundo convencional y la necesidad casi litúrgica de experimentar esa sensación  una y otra vez,  más y más lejos,  y una vez más.  Intrépidos exploradores viviendo y sufriendo infinitos castigos y penurias,  consumando sin embargo sus sueños,  compartiendo alegrías y cariño en familia y compañeros  o en la más absoluta soledad,  sin nunca esconder su pasión por alcanzar un nuevo reto y de nuevo ver el mundo desde un punto de vista inédito y original a pesar del riesgo que ello normalmente comporta. Para muchos, esa necesidad les llevó a dejarlo todo y elevarse y elevarse para de esa forma,  a pesar de añoranzas personales de la vida cotidiana,  alcanzar las cumbres y objetivos eternos para,  ya sin esfuerzo,  volar con el viento.  Y ahí está el legado silencioso  que toda esa gente nos dejó descubriendo para la humanidad bellezas desconocidas hasta que ellos las iluminaron,  les dieron nombre e identidad poniéndolas a nuestro alcance sin demandar nada a cambio. De igual forma desde mi modestísima y privilegiada condición,  en éste escrito he pretendido  transmitir unas sensaciones para quienes las quieran compartir,  que alimenten como a mí lo han hecho,  la necesidad  que tenemos de disfrutar de todo aquello que el planeta nos ofrece,  en paz y armonía pues al fin y al cabo  representa el descubrimiento de la belleza y el amor. Patagonia-2014. Mariano Gomá. Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.