UN PASEO POR CATALAUÑA.

Corría la década de los años cincuenta del siglo pasado cuando el mundo de Cataluña era en blanco y negro, como el NO.DO., así como el resto de una España agotada y arruinada en el ambiente de un régimen militar que gobernaba bajo el palio de la Iglesia Católica. En ese paisaje Barcelona se ofrecía como una ciudad que intentaba aparentar, manteniendo bien planchado su vestido de cosmopolita, donde tan solo el clásico centro del Ensanche mantenía un cierto carácter señorial mientras que desde la Plaza Cataluña hasta el puerto no había más que prostitutas y miseria rodeando el barrio gótico y subsistiendo tan solo ciertas islas de cultura como el Liceo y La Catedral.

Además de todo ello Gaudí no existía puesto que todavía no habían llegado los japoneses para descubrir ante nuestros ojos la importancia de la arquitectura en el movimiento modernista, ya que la obra del arquitecto era una mímesis en el paisaje urbano.  La ocupación industrial había degradado las periferias y la inmigración, andaluza mayoritariamente, en busca de trabajo y futuro había anidado precariamente en los pueblos y ciudades del cinturón de actividad fabril.

El resto de Cataluña ni debiera ser mencionado pues a excepción de la siempre privilegiada área de Gerona, sin la refinería ni centrales térmicas de Tarragona, solo quedaba el páramo de Lérida con su tímida producción frutícola en donde la inmigración solo podía habitar en cuevas y covachas abiertas en el calizo terreno natural. Sí, no lo duden, en cuevas que tuve ocasión de ver con mis propios ojos.  Y finalmente el Arán sobreviviendo en su aislamiento gracias al autoconsumo y comercio con Francia.

Lo único que entonces diferenciaba a Cataluña del resto de España era que en las casas de las familias catalanas se hablaba el catalán, idioma propio y singular proviniente del latín y del occitano pirenaico,  prohibido de puertas afuera y en la oficialidad, así como ciertas tradiciones y folclore de Semana Santa, Sant Jordi, la Mercé o la Navidad.

Fue creciendo España y con ella Cataluña, lentamente por nuestra propia pobreza y fragilidad natural sufriendo el aislamiento internacional,  murió Franco, se restableció la monarquía, iniciamos nuestra andadura democrática y aprobamos por aclamación nuestra Constitución. Europa por fin nos aceptó y bajo su manto empezamos a crecer hasta alcanzar el nivel del que gozamos en la actualidad como un país democrático, seguro, amable, desarrollado, acogedor, con un patrimonio cultural envidiable y único así como un clima tan privilegiado que atrae a decenas de millones de turistas y visitantes anuales.

Cierto es que Cataluña sigue siendo la punta de lanza española en economía, turismo , idioma y tradiciones, que los Juegos Olímpicos y el descubierto Gaudí han transformado Barcelona en una de las ciudades más atractivas del mundo;  que el arte romano, iglesias románicas, cuencas hidrográficas y el mundo de los deportes y el esquí han catapultado a una notable riqueza a los otrora deprimidos territorios de la Cataluña global.

Pero la memoria es efímera y débil, el olvido de la penuria progresa velozmente ante la calidad de vida y lejos quedó aquella oscura época de nuestra historia encontrándonos ahora en aquélla dulce actualidad a la que hemos llegado a través de la estructura autonómica del Estado Español, que solo Dios sabe si fue un acierto democrático o una bomba de efecto retardado e incalculable.  Lo cierto es que las necesidades de los sucesivos gobiernos españoles para obtener las mayorías suficientes propiciaron la cesión de competencias y privilegios tanto en materia de educación, cultura, sanidad, policía, infraestructuras, patrimonio cultural y tantas otras, dieron alas a gobiernos catalanes , a alimentar la deslealtad con España creando unas estructuras nacionalistas blindadas con enormes recursos en información, publicidad y adoctrinamiento.

Y así hemos llegado al momento actual en que por una simple cuestión de matemática electoral, el gobierno  catalán que ha derivado del ultranacionalismo al independentismo abierto con el apoyo de un grupo antisistema en minoría, tiene planteado un órdago el Estado Español, basado en la desobediencia y el regodeo al Estado de Derecho, a la Constitución común, las Leyes y los derechos fundamentales de los ciudadanos.  La simple convocatoria de un referendum ilegal e imposible técnica ni políticamente representa la culminación de un delirio que, más allá de los procedimientos, anulaciones, depuraciones de responsabilidades personales y de gobierno a las que vamos asistir próximamente, han tenido efectos devastadores en la convivencia y en la sociedad con una fractura traumática de las relaciones entre sectores sociales y familias que va a plantear muy complicadas y lentas soluciones hasta alcanzar un nivel adecuado de tolerancia en los habitantes de Cataluña y sus relaciones con el resto de españoles.

Pecaría de soberbio si me atreviera a  abrir la caja de las reflexiones acerca de establecer responsabilidades y los porqués hemos llegado hasta aquí. Los gobiernos españoles, o no vieron, o no quisieron ver el entramado que se estaba tejiendo en Cataluña,  porque creo que ingenuidad no debió ser, mientras que los nacionalismos y sueños de independencia germinaban poderosamente con unas excelentes condiciones de riego presupuestario público así como un clima adecuado por la profunda crisis de los últimos años y el descontento social general.  Es indudable que entre todos, muchas cosas hemos hecho rematadamente mal y ahora nos toca sufrir las consecuencias.

Pero España, y Cataluña con ella, deben afrontar un futuro en común puesto que la escisión de su unidad sería nefasta para España a la que se le dinamitaría un pilar fundamental en su estructura, y para Cataluña que sin el riego de vida español y europeo, sucumbiría al abrazo mortal de la muerte territorial.

Pero el paseo al que he invitado a los lectores acaba con un horizonte luminoso y optimista siempre que se actúe urgentemente en el diálogo político , en la generosidad y la voluntad de acuerdos, en encontrar la llave de la caja de los secretos del encaje de los diferentes territorios en una nueva España y; nuestra Constitución, como instrumento, es normal que requiera una revisión cuarenta años después, con calma y serenidad.

Con nuestras emociones, cultura secular común y voluntad, que nadie dude de la satisfacción que se experimenta al final de un buen paseo.

Mariano Gomá.