SILENCIOS.

 

Escuchando como música de fondo la melodía compuesta por el extraordinario compositor John Williams,  titulada  “Silence” y que sirvió como tema principal de aquella histórica película  “El Cazador” del no menos extraordinario “Michael Cimino”,  que además fue merecedora de nada menos que cinco Oscars;  mientras disfruto de la serenidad que proporciona el transcurrir de la tarde otoñal en un jardín que ante mí ofrece una sinfonía de amarillos y verdes salpicados por los puntos rojos y violetas de las ramas florecidas, como si de un lienzo impresionista se tratara;  no puedo dejar de preguntarme cuánto necesita el ser humano  escuchar los silencios o una música que,  como silencio,  acompaña al pensamiento por la historia de uno mismo.

He escrito en ocasiones sobre soledades y ahora reparo en que lo he hecho escasamente sobre los silencios,  que siendo naturales y desde que el mundo es mundo ha sido el estado normal en el mundo animal,  que en la atención del silencio recibía cualquier señal de anomalía o alerta en el entorno,  como anunciando un peligro o quizás una oportunidad.  El viento podía ser un murmullo silencioso o el mar un rumor constante,  pero el crujido de una rama al quebrarse por alguna misteriosa razón,  o el repentino y ocasional chapoteo;  inmediatamente denunciaba una alteración en el estado natural de las cosas.

Y en éste momento necesito trasladar al papel las sensaciones que en la persona provoca el silencio,  que no debieran ser extrañas o quizás inexistentes;  aunque en el entorno que cotidianamente nos rodea,  difícilmente aparecen,  simplemente porque no se da el caso o no encontramos el momento de invitarlas a alojarse en nuestra mente.  Nuestro dinámico y ruidoso mundo ha transformado la anomalía en el estado normal y por ello nuestras alarmas se disparan cuando cesa el ruido de los ventiladores de aire acondicionado,  y no al revés;  o   cuando curiosamente un Domingo de Agosto con las calles vacías de vehículos y gente se nos hace extraña la ausencia de motores,  humos,  bocinas,  sirenas y griterío;  y porqué no un silencio repentino en un acto público o en un comedor donde el nivel de decibelios aumenta siempre progresivamente.

Y es entonces cuando se hace anómalo sentir transcurrir el día como si el reloj hubiera parado su inexorable tarea,  o el planeta hubiera desacelerado súbitamente su constante rotar,  para otorgar un respiro a la velocidad y al tiempo.  Hemos perdido en gran medida el concepto de serenidad para adentrarnos en el interior de nuestra mente y rebuscar en los archivos del pensamiento y la reflexión;  mientras nos invade el silencio de una mirada desenfocando un paisaje o el mar en un valle o acantilado;  y con ello se fue una parte de nuestra humanidad, tras la distracción y el bullicio,  no sé si por la cobardía de enfrentarnos a nosotros mismos en el silencio que nos hace inseguros,  o tal vez represente una huída de nuestras propias soledades en cuyos brazos no nos sentimos protegidos.

Puedo entender que quienes vivimos en éste mundo de locura colectiva,  en el que cada día nos silban los puñales de dificultades económicas o envidias y estamos sometidos a la presión,  casi carcelaria, de la subsistencia;  necesitamos echar mano de la frivolidad,  el ruido de tambores y panderetas,  mientras los bailes y carcajadas rellenan los espacios del silencio;  aunque todos sepamos que son falsos y efímeros,  para en el fondo  esconder dramas e inseguridades sobre los que necesitamos depositar una gruesa capa de maquillaje que camufla arrugas y encierra bajo llave el sufrimiento.

No voy por tanto desde aquí a lanzar una crítica general,  que no solamente sería enormemente injusta,  sino que quedaría rápidamente invalidada por atentar contra los principios de una condición humana sometida a estados de gran vulnerabilidad,  aunque sea por los propios errores cometidos por la sociedad en la búsqueda del mal llamado,  estado del bienestar.  Sería de una torpe simpleza pedirle a la gente que se detuviera a escuchar los silencios o a dejarse envolver por los colores del atardecer,  cuando la subsistencia del día a día,  o la incertidumbre del mañana está aporreando la puerta.

Pero volviendo a los silencios,  no sé distinguir muy bien si la madurez conduce a un cierto romanticismo,  o es que los románticos,  que no es exactamente lo mismo que la nostalgia;  entre los cuales me encuentro,  somos quizás prematuramente maduros o nuestra relación de amistad con la paz es inusual,  de alguna manera;  pero tengo que reconocer que mi madurez,  a cada día que pasa,  necesita en mayor grado el alimento del silencio;  de igual forma que me siento agredido con los gritos y ambientes bulliciosos, en los que no queda siquiera el espacio para una conversación normal.  Debo haber alcanzado aquél grado de rareza o peculiaridad;  pero es bien cierto que al entrar en un Restaurante por ejemplo,  huyo como de la peste de las mesas preparadas u ocupadas por más de seis comensales,  o pido un cambio de ubicación,  siempre con mi mayor cortesía,  cuando el nivel de ruido a mi alrededor me impide comunicarme o entender lo que se me dice.

Por supuesto,  saben quienes me rodean que jamás me encontrarán en concentraciones multitudinarias en donde el nivel de decibelios supere mi límite de intimidad y;  como ni puedo ni quiero exigir nada a la gente que así se divierte o distrae,  simplemente me alejo,  o no voy.

En cualquier caso creo que estoy en mi derecho y,  casi afirmaría que en la obligación,  de comunicar la limpieza y serenidad ambiental que se siente escuchando nuestros propios silencios cuando penetran profundamente en el fondo del alma para ahogar los gritos de la violencia,  la tortura de la intolerancia o el profundo rugir de los cañones;  para dejarnos tan solo sentir la mansa caricia de un vientecillo de montaña o de la brisa del mar.

Quisiera compartir hoy con quién haya leído hasta aquí,  la paz que siento.

 

Mariano Gomá.mariano-goma-005