mariano-goma-009De nuevo celebramos el día de Sant Jordi y considero saludable escribir unas líneas para analizar  en qué hemos llegado a convertir una entrañable tradición catalana.  Desde mi infancia conocí y conviví con una cariñosa y tierna costumbre como era el día veintitrés de Abril,  acudir ellas a una librería para comprar un libro de obsequio y ellos a una floristería a escoger una simple y solitaria rosa;  para posteriormente ofrecer el pequeño obsequio a la pareja o a la persona amada o deseada.

En mis épocas de adolescencia y juventud,  viviendo en Madrid donde no se estilaba esa costumbre,  me admiraba que mis padres cada año mantuvieran ese cariñoso gesto como buenos catalanes que eran y aprendí yo a hacer lo mismo con aquella chica que era objeto de mis anhelos o con la que compartía amores de juventud;  sorprendiéndose ellas al principio para sonreir satisfechas después,  pues ese pequeño detalle provenía de un joven también catalán.

De nuevo viviendo en Cataluña,  como es lógico mantuve siempre la hermosa tradición con las mujeres de mi vida incluyendo a mi madre que pronto enviudó,  así como a estrechas colaboradoras del trabajo;  y me gustaba acudir a la floristería para entregar luego con orgullo las rosas.

Poco a poco he ido asistiendo a la transformación de esa íntima,  entrañable y cariñosa tradición,  que ha ido convirtiéndose en un hiperdimensionado fenómeno de masas en el que el mercado,  el negocio y la banalización han invadido las calles de nuestros pueblos y ciudades;  y yo me he preguntado desde hace años,  dónde ha quedado la tradición,  la muestra de cariño o la pequeña complicidad de una pareja.  Nada más pisar la calle ese día,  uno se encuentra en cada esquina, semáforo o rotonda,  a personas de todas las étnias,  credos y colores,  con un barreño en el suelo vendiendo rosas por doquier para ganar unas perras en un día,  sin importarles un bledo quién las compra y para qué.  Y otros con chiringuitos de cualquier tamaño exponiendo libros que a nadie importan vendiendo de segunda mano,  usados y,  qué más da;  mientras que las floristerías y las librerías que tres cuartos de lo mismo,  no pueden más que mirar esa invasión de sus oficios,  además consentido por las autoridades.

Como buen catalán que creo ser ,  he mantenido mi quizás ya romántica tradición de la floristería pero tengo que reconocer que invadido de desgana y procurando ensimismarme a la vista del patético espectáculo.

Pero vayamos más allá.  En los últimos años,  además de convertir la auténtica y sencilla tradición en un mercado o en un bazar,  han aparecido las componentes políticas e ideológicas y para colmo hemos convertido la jornada en un meeting político al servicio de los partidos,  plataformas,  nacionalismos de café,  independentismos de plástico y exaltaciones de himnos y banderas en la batalla entre la reivindicación y el amor,  en la cual por supuesto éste último, pacifista y neutral;  siempre lleva las de perder.  Es la tradición convertida en manifiesto,  el color y frescura de una rosa eclipsada por banderas de exigencias y libros de prosa y poesía enterrados entre panfletos y basura.

Me viene a la mente una frase del humorista Cassen cuando decía que ante la confusión los aprovechados corren a colocarse en tribuna que es más caro.  Y de igual forma  políticos,  faranduleros y gente de todo origen y religión se lanzan a la calle a lo que caiga,  a los euros que puedan ganar vendiendo algo que para nada les importa ni lo entienden ni intentarán entender nunca;  pero aún a toda esa gente puedo admitirla pues luchan por su pan y subsistencia;  pero a quienes considero impresentables y hasta obscenos es a quienes con todo eso montan un discurso oportunista y falsamente identitario al servicio partidista para cosechar un puñado de votos y envenenando el ambiente festivo para transformarlo en un falso clamor popular.

Como no he dudado un instante a lo largo de mi vida  de mi catalanidad, defendiéndola siempre fuera de Cataluña y muchas veces muy lejos,  no tengo esa necesidad de mirarme al espejo cada mañana y poder reafirmarme,  por lo que me entristecen esos teatros que más bien parecen instrumentos al servicio de la ausencia de autoestima, la inseguridad y el complejo.

Yo quiero,  y así lo haré hasta el fin de mis días,  seguir disfrutando de la intimidad de la belleza de una rosa sin banderas y la calidad de un buen libro sin doctrinas;  y en la calle que siga el festival;  porque además Sant Jordi,  en la tradición, mató al dragón  para salvar a la princesa sin con ello reivindicar nada identitario o de pueblo;  siendo además el patrón de países como Bulgaria, Etiopía, Georgia, Portugal e Inglaterra donde curiosamente es un día festivo de tanta importancia como la Navidad.

Me sumo por tanto a una festividad tan internacional llevando en el corazón mi tradición entrañable catalana de la rosa y el libro.