NO FUE UN REFERENDUM. FUE UNA TRAMPA.

En Cataluña llevamos mucho tiempo solo alimentándonos de la palabra referéndum, sin que nadie gobierne ni se preocupe de los verdaderos problemas de los ciudadanos, o parece que las dificultades laborales, económicas, sanitarias y en general de convivencia democrática, se han enterrado en el vertedero de los desperdicios sin que aparezcan los partidos secesionistas que nos gobiernan más que para confrontar y alentar una fractura social cuya reducción será larga y dolorosa.

Establecer que el pasado referéndum no fue más que una  perversa trampa no es una novedad puesto que no cabe más que analizar los resultados de las consultas habidas últimamente en países cercanos o lejanos para que a nuestra sociedad se le enciendan todas las alarmas de justas decisiones de convivencia.

Y como prueba de ello se podrían desgranar un conjunto de conceptos que mantienen a la ciudadanía engañada en un imperdonable abuso de la buena fe de quienes tan solo desean vivir en paz en un país próspero integrado en la comunidad internacional.

Un referéndum no es un juego. Es del todo preocupante que los líderes políticos secesionistas que no representan a la mayoría del pueblo catalán, pretendan culminar una desconexión del Estado Español mediante un referéndum ilegal que ha puesto en riesgo nuestra condición de ciudadanos españoles y de la Comunidad Europea con afección segura e inmediata a los más elementales derechos humanos como son la seguridad económica, asistencia de salud, pensiones o propiedades justamente alcanzadas en la actualidad. No es un simple problema de tradiciones o sentimientos, sino que alcanza a la normal convivencia de los ciudadanos residentes en Cataluña, ya sean catalanes o no.

Éste referéndum no fue democrático. Cualquier pronunciamiento o manifestación que se produce al margen del marco legal establecido, en clara desobediencia además al marco constitucional de cualquier país del mundo que goce del más elemental espíritu democrático, no solo altera gravemente la convivencia de la sociedad sino que la invita a cometer un delito sin ser consciente de la enorme gravedad que ello representa, cuando sus inductores conocen perfectamente la magnitud de la ilegalidad que representan sus delirios y ambiciones personales. El engaño, la imposición y la voluntad secuestrada nada tienen  que ver con los principios democráticos.

Un referéndum para romper la convivencia. Obligar además ilegalmente a que Cataluña y los catalanes manifiesten o un o un no representó un daño irreparable en nuestra relación cotidiana. Los posicionamientos excluyentes generan siempre división en los círculos de amistades, lugares de trabajo y en las familias dividiendo a la sociedad en grupos a la vez que afloran aversiones y desconfianzas que pueden llegar a generar actitudes agresivas.

La secesión catalana y el propio referéndum es un anómalo e ilegítimo ejercicio democrático por cuanto obliga a decidir cuáles de nuestros familiares, amigos o compañeros se convertirán en extranjeros o proscritos y cuáles tendrán el derecho de seguir formando parte de nuestra comunidad política.  Ninguna sociedad merece pasar por ese trance y los responsables e inductores de tamaña anomalía y provocación a la pacífica convivencia, deberían cargar sobre sus espaldas la responsabilidad política y personal correspondiente.  No hace falta recordar las tragedias humanas que han provocado las alienaciones y abusos de poder de los gobernantes.

Un referéndum manipulado y engañoso.  Se suele decir que los referéndums, como las armas, los carga el diablo porque al contrario de ofrecer un debate sosegado, alimentan la demagogia como herramienta en la captación de votos. Un ejemplo reciente lo encontramos en los referéndums realizados con la secesión escocesa, el Brexit, Holanda, Hungría, Italia o en el continente americano el problema del Quebec o Colombia;  puesto que en todas esas convocatorias imperó la confusión, se manipuló la información a los ciudadanos con mensajes claramente falsos, que en unos casos fueron falsas promesas de libertad y prosperidad, cuando no alimentaron sentimientos xenófobos viscerales.

¿Conocieron los ciudadanos votantes de todos ellos las verdaderas consecuencias políticas, sociales y económicas de sus votos separatistas? ¿Estuvieron bien informados o cayeron en la trampa de la manipulación informativa populista?

Quizás todo ello fuera el resultado de canalizar el descontento de la población rural o menos industrializada contra la desigualdad, la inmigración o la gestión de una profunda crisis  económica provocada por unos execrables y evidentes excesos, siendo en definitiva una concluyente gran frustración que obedeció a un estado personal de indignación potenciado con promesas demagógicas y falsas.

El referéndum como callejón sin salida. Como en todas las consultas y más en el caso de Cataluña, la interpretación de unos supuestos resultados plantea problemas de especial gravedad. ¿Si esa engañosa participación es exigua y no alcanza siquiera un estimable porcentaje, cómo se puede aceptar un resultado que no ha suscrito la gran mayoría de la población? ¿ Y en el supuesto caso de que con el tiempo pudiera considerarse legítimo sin que llegara a alcanzarse la mayoría suficiente, se habría acabado el debate para siempre o debería reclamarse su repetición sistemáticamente hasta alcanzar los deseables resultados para sus promotores?  Todo ello hace pensar que el referéndum no habría resuelto nada.  ¿Y en el también hipotético caso futuro en el que el resultado del referéndum tuviera mayoría secesionista en algunos territorios pero no en otros como Tarragona o el área metropolitana de Barcelona, éstos últimos podrían reclamar a su vez la secesión del resto de Cataluña? ¿ Y si ello se produjera por barrios de la ciudad de Barcelona, no llegaríamos a encontrarnos en un ridículo escenario en el que una sociedad supuestamente moderna se convirtiera en el hazmerreir de la comunidad internacional?

Y todo ello sin profundizar siquiera en el legítimo derecho del pueblo aranés con lengua y cultura propias en su gran singularidad urbanística, arquitectónica y paisajística, así como su ubicación privilegiada entre Francia y España en territorio catalán, que goza además de uno de los niveles de calidad de vida mejores de nuestro país. ¿Reivindicaría inmediatamente el país de Arán su derecho a la autodeterminación de Cataluña, que no de España, y su legítima independencia?

Un referéndum puramente estratégico. Para los separatistas conseguir que se votara en un referéndum de autodeterminación no fue, como creen los ingenuos o los cínicos, la solución al problema catalán, sino la forma de contaminar a la sociedad destruyendo la convivencia entre ciudadanos a la vez que se deterioran instituciones, altísimo precio que pagará una vez más nuestra comunidad afectando, como no, a los derechos fundamentales de las personas.

No nos dejemos engañar, el referéndum fue una trampa y en absoluto la solución.

MG.