Nepal.

De nuevo obedezco al impulso en un rato de plácida calma en el mundo privilegiado que gracias a Dios vivimos en esta parte del planeta y que espero sepamos conservar; de tomar mi pluma y escribir por una nueva sacudida natural de la vida,  que de forma cruel nos resulta ya familiar como el “dejá vu” francés.  Fue Haití, después Indonesia Chile y Japón; y ahora le ha tocado a Nepal.  Hoy, con pesar debo escribir sobre el drama nepalés después de haber anunciado en otras ocasiones que Japón no sería el último capítulo en la historia de catástrofes en nuestro planeta; por supuesto sin querer invocar por respeto a la pluralidad cultural y religiosa, a miedos y terrores apocalípticos, considero válida la frase cristiana de….”no sabeis ni el día ni la hora”, que lamentablemente no sabría escribir en índi o en los centenares de dialectos asiáticos.

Sin avisar, en zonas de la tierra más o menos conocidas o desarrolladas, que da igual, algo se mueve bajo la corteza y la energía que provoca es tan enorme que se agitan los mares, la tierra y los macizos montañosos,  zarandeando como en una coctelera todo aquello que sobre ella existe incluyendo lo que hemos construido los humanos; y la naturaleza desatada en un instante arrasa sin conocimiento ni piedad nuestro hábitat.

He intervenido en tertulias sociales en las que se planteaba si los efectos de las catástrofes eran más destructivos de acuerdo con los indicadores tecnócratas y comparativos en cuanto a consecuencias materiales y víctimas mortales, en las países más desarrollados y con mayor calidad de vida; y tengo que afirmar mi convencimiento de que aunque en este caso la energía se ha cebado sobre un país paupérrimo con un territorio agreste e inalcanzable, donde los haya,  en otros el desastre ha sido idéntico y las consecuencias a medio y largo plazo también;  el horror y la crueldad no saben de varas de medir la destrucción.

Pudimos ver en Japón con los mejores aviones, barcos, trenes y autopistas,  así como sus miles de rascacielos que responden a la mejor normativa sismo-resistente del mundo; como la contaminación nuclear, incomunicación y ausencia de electricidad con todo lo que ello comporta en un pequeño archipiélago mega dimensionado en número de habitantes por metro cuadrado; es tan o más grave que la propia destrucción. Por poner un ejemplo profesional, las estructuras japonesas aguantaron muy bien la enorme vibración sin derrumbarse,  pero volcaron como quien tumba una ficha de dominó quedando las ventanas de las fachadas mirando al cielo. Por todo ello,  la supervivencia en desolación o soledad es quizás una forma de muerte en vida.

Ahora la desgracia ha golpeado a Nepal por capricho de nuestro planeta,  que está bien vivo y muy activo, aunque su sumisa apariencia constantemente nos engaña y éstos días podemos leer en la prensa mundial la palabra hecatombe y ver por televisión en vivo y en directo la devastación,  para aplicar todos los calificativos de magnitud que se nos ocurran,  con miles de opiniones y manifestaciones que amplifican los grupos ecologistas. Se preocupan los geólogos y responsables de la manipulación energética, titubean los poderosos mandatarios políticos acerca del camino a seguir, creando un enorme debate con los medios de comunicación que finalmente marcan el camino de la opinión pública y ; mientras, los millones de ciudadanos de a pie no entendemos nada, ni nada sabemos de los verdaderos efectos de las agresiones continuas al planeta y alteraciones secundarias.  Tan solo nos limitamos a asistir atónitos a la muerte y ruina de los demás,  rezando todo lo que sabemos para que no nos toque a nosotros; y creo con ello que es el efecto necesario de la causa de ser tanta gente,  tan diferente,  tan distante y básicamente tan incomunicada, aunque la televisión, internet y el transporte aéreo nos engañen con lo contrario.

Si un día la Tierra dice “basta”, aunque sea por destino natural, nuestra existencia habrá demostrado su absoluta inviabilidad, la energía seguirá su camino,  la materia seguirá buscando un cuerpo donde habitar y,  todo lo demás habrá sido un viento universal.  Por el contrario,  si con nuestra intervención en el equilibrio material,  provocamos una mayor reacción de sistema;  no serán suficientes todas las plegarias y oraciones, no serán obedientes los dioses ni quedaran creencias y dogmas de fe que ayuden a mitigar la tragedia de nuestra propia destrucción

Pero como soy un ser humano que vivo aquí, trabajo y escribo aquí, deseando también que la muerte natural me encuentre aquí; quiero confiar en que el género humano ha sobrevivido a convulsiones e imperialismos, a tiranías y esclavitudes, por lo que creo que de alguna manera nuestra especie sobrevivirá y nuestros hijos seguirán el camino que en cada momento les toque.

Mientras el sol seguirá dando calor, el planeta seguirá siendo azul y gris, el oxígeno dará vida, los seres humanos seremos capaces de imaginar, los científicos de inventar, los gobiernos de manipular, los arquitectos de dibujar y los poetas de escribir.  Este es quizás nuestro equilibrio, nuestra esperanza o nuestra sabiduría.

Y quiero acabar este artículo con un cariñoso y piadoso recuerdo a los víctimas de Nepal, a quienes han dejado la vida y a toda aquella gente que han perdido todo, lo poco que tenían; con el deseo de que la comunidad internacional sea capaz de aportar a las inexistentes economías de supervivencia de la zona, todos aquellos medios materiales que les devuelvan un ápice de dignidad,  puesto que de la misma manera que explotamos el macizo del Himalaya y el Everest, aportemos la solidaridad humana con su pueblo.  Con solo un despreciable porcentaje de los presupuestos de defensa de la OTAN bastaría para todo ello.

Amen.

058