MI   PASO   POR   GARDENY.

Fue toda una experiencia vital para un estudiante de arquitectura y después ya recién titulado,  cumplir con las tres etapas del servicio militar universitario,  o como entonces se llamaba “IMEC”, (Instrucción Militar Escala de Complemento);  pero la última además,  para mí fue especialmente interesante, aparte de por los requerimientos que se me hicieron en una época trascendental en la historia de España;  como por la vivencia de cuatro meses en el cuartel de Ingenieros de Gardeny,  cuya arquitectura firmó mi padre en 1941,  como arquitecto también recién titulado,  aún siendo oficial provisional después de la guerra civil.

Las imponentes fachadas,  cuerpo de guardia, los enormes patios de armas flanqueados por los pabellones de las compañías, etcétera,  me transmitían vibraciones especiales al tiempo que se palpaba el bullir de la vida del cuartel con el conjunto de actividades,  idas y venidas de los soldados en compañías,  formadas  o de por libre,  cambios de guardia,  horas de asueto, retretas y formaciones.  Además la sensación que, para un civil temporalmente incorporado al vestido de militar,   representaba ver y oír a su paso a los soldados cuadrándose y marcando los tiempos de saludo;  resultaba inquietante al principio y más normal con el tiempo;  pero en cualquier caso siempre chocante y extraño.

Mi compañía de Ingenieros Zapadores, en aquella época casi exenta de oficiales,  me convirtió en alguien superior al que era con también responsabilidades superiores a las que me correspondían;  pero tengo que reconocer que sin sentir el espíritu militar clásico,  acepté de buen grado y de forma positiva.  Ese fue quizás el secreto de la gran experiencia que para mí representó y el imborrable recuerdo que siempre llevaré conmigo.  Maniobras,  guerrillas organizadas por la Capitanía General,  vigilancia de repetidores de televisión en las primeras elecciones democráticas y demás acontecimientos fuera de la cotidiana normalidad,  me pusieron a prueba como persona,  afloraron mi personalidad como responsable y al mando de muchos chicos;  por lo que creo poder afirmar que en algún punto marcaron el resto de mi vida hasta hoy. Entiendo que ese conjunto de actividades especiales con las que me tuve que enfrentar,  quizás no fueran las habituales en otro tiempo y en otro contexto,  pero creo que precisamente por mi actitud positiva ante ellas se me confiaron también responsabilidades inusuales,  lo cual me enorgullece extraordinariamente.

Creo sinceramente que para cualquier persona sin tradición familiar castrense, que en una etapa de su joven vida debe vivir y convivir con el ambiente militar durante un tiempo;  si adopta una actitud positiva ante el mundo del uniforme la jerarquía y la disciplina,  en el que los tiempos y  las actividades están regulados,  aunque represente una extraña sensación muchas veces;  vivirá siempre una experiencia,  a mi entender muy necesaria en una etapa de afirmación personal de juventud,  normalmente pletórica de sensaciones y libertades.

Esas vivencias,  unas veces de intensa actividad y otras en tiempos más lánguidos,  más o menos aceptadas en función de ideas y actitudes,  han marcado en los universitarios a los que nos tocó vivirlas,  un punto de inflexión en nuestras vidas y así he podido constatarlo muchos años después con compañeros de profesión.

Personalmente jamás olvidaré mi servicio militar universitario y de forma especial los cuatro meses que estuve en Gardeny en la  compañía de Ingenieros Zapadores,  ni a todas aquellas personas con las que me tocó convivir,  desde los soldados hasta oficiales y jefes.  Es más,  si hubiera un retroceso en el tiempo y la vida,  con mucho gusto lo volvería a hacer.

 

Mariano Gomá.

Oficial de Complemento (1977).