Detrás de cada boleto del Sorteo del Oro de Cruz Roja hay una Historia de Oro”. Todo el mundo tiene, seguro, una Historia de Oro en su vida (o más de una), y queremos que la gente nos haga llegar sus relatos, sus vivencias solidarias que, al fin y al cabo, son la base de todo lo que hace Cruz Roja.

Y esos relatos no necesitan firmas conocidas ni de niveles culturales, ni de capacidades de mayor o mejor expresión, tan sólo requieren que el ciudadano o ciudadana deje a su corazón libremente expresar aquel hecho puntual que quizás fue determinante en su vida, sin edad ni condición.

Para ofrecer un ejemplo de cómo ciertas vivencias pueden llegar a marcar un camino en la vida, ahí va mi historia de Oro:

“Creo que, a poco que pensemos, todos quienes habitamos este Planeta Azul de cuya belleza nos informan los satélites, podemos rescatar del desván de los recuerdos, aquella anécdota o vivencia, aquel acontecimiento o detalle que, en primera o tercera persona, de forma individual o colectiva, puede convertirse en un relato de oro, en una Historia de Oro.

mariano-goma-libro-istoria-de-oroVuela hoy la memoria a una etapa de mi vida en la que un cúmulo de circunstancias de carácter íntimo y profundo me llevaron a un reencuentro personal, quizás a un cierto volver a empezar y posiblemente a acercarme de nuevo a mí mismo.

Nunca en mi vida he dramatizado, soy optimista y positivo por naturaleza, lo cual en alguna ocasión ha propiciado que me crujiera la espalda algún que otro comedor de carroña. No me tientan los estados depresivos y nada por ahora ha alterado mi ritmo de trabajo normal, pero si hay algo que me inquieta a estas alturas de la vida es asistir a la pérdida colectiva de los valores humanos, ya sea por activa o por pasiva.

Caminamos hacia una deshumanización progresiva, la destrucción de la escala de valores es palpable, y no sólo en los sectores marginales o desfavorecidos, sino también en las generaciones emergentes, ya sea por el sistema educativo o simplemente porque la desestructuración social y familiar nos conduce irremisiblemente a la soledad, al abandono y a un largo etcétera. A poco que reflexionemos, podemos convenir que en el mundo de la actual, tecnológicamente avanzada comunicación, nunca ha existido una mayor soledad social.

Entonces y en aquel momento de mi vida descubrí, casi por casualidad, aquel mundo abierto y limpio de la sociedad y el voluntariado. Ni estoy, al escribir estas líneas, pecando de romántico, ni creo en irrealidades y sueños engañosos, pero aprendí a remarcar que convivía conmigo en la misma dimensión, un colectivo de gente de anónima bondad y desapercibida actividad, que no pretende adquirir protagonismo ni demanda nada, pero … ahí está.

Me ofrecí, sin saber muy bien para qué, en mi condición de arquitecto, a contribuir en alguna acción positiva hacia colectivos vulnerables allá donde se encontraran, pero en realidad se estaba ofreciendo simplemente una persona que, desde entonces, necesita respirar actitudes solidarias y sentir la potencia de la gente cuando se arremanga y dice … ¡Vamos allá!

mariano-goma-solidaridad-cruz-rojaY en todos estos años, con mayor o menor intensidad, he participado en proyectos voluntarios, colaborando en mantener las tradiciones ciudadanas, como bien sabe todo el que me conoce, contribuyendo a hacer feliz a un niño o a un enfermo, en calidad de responsable de un colectivo de personas con un notable porcentaje de buena gente y ofreciendo, en la medida de lo posible, soporte económico a personas o grupos necesitados.

Ahora, y en una reciente etapa de la vida, he asumida ya que mi verdadera vocación se encamina a hacer todo lo que en mis manos esté para mantener aquello que nos queda de seres humanos, poniendo mis capacidades a disposición de todos quieren abanderes proyectos solidarios. Cruz roja me ha dado la oportunidad de conocer a aquel ilimitado colectivo de voluntarios y voluntarias sin edad establecida, técnicas y técnicos que generan, desarrollan y culminan programas de integración y ayuda. Gente sin condición ni filación que, disfrutando de su vitalidad y posibilidades de libertad que nos ofrece el día a día, siente la satisfacción de aportar una pequeña contribución a la convivencia.

Pienso decididamente que, hasta donde me lleve la vida y allá donde me lleve, buscaré siempre la manera de contribuir de forma voluntaria a proteger una especie humana que padece una seria amenaza de extinción en cuanto a tal, para convertir nuestro mundo en un infierno. Y lo haré de forma egoísta pues, al margen de la propia satisfacción de sentirme útil, pertenezco a la especie, este mundo maravilloso también es mío y, decididamente, quiero sobrevivir en él”.

Ésta es hoy mi Historia de Oro. ¿Y la tuya?