Poco podía imaginarse nuestro país vecino, tan cargado de historia, prócer de la cultura, garante de la educación y lider en modernidad; que llenaría las portadas del mundo entero al sufrir en sus entrañas la rebelión de sus, bien establecidas, masas marginales, que han puesto a las grandes ciudades francesas al borde de la guerra de guerrillas urbanas. Poco podían sospechar sus mandatarios lo que está ocurriendo; el apuesto todopoderoso Chirac, que como la Bardot convierte en enemigos a sus amantes, tratando a sus amantes como enemigos; el guapito Villepin que encandiló a la ONU con su oposición a la guerra de Irak y, sobre todo a las señoras con su palmito de tupé canoso y rebelde; o el pequeño lagarto Sarkozy, de lengua paralizante y mirada venenosa. Los tres se enfrentan a una guerra callejera cuando los tres se hallan en una guerra a muerte personal por el trono de la sacrosanta república.

Quién no recuerda la frase de “España empieza en los Pirineos”, cuando aquella Europa rica, culta, impoluta y desarrollada, miraba a la Península desde la cima pirenaica, como quién desde su atalaya observa el bullicio y la polución del barrio bajo. En pocos años ha cambiado radicalmente el escenario pues la inmigración europea se halla ya en una segunda generación cuando en España andamos todavía en la primera, siguiendo las lógicas pautas de nuestro tardío desarrollo en relación con nuestra, entonces lejana, Europa.

La emigración española de los cincuenta y sesenta hacia países europeos como Alemania y Suiza, a la vez que, básicamente comulgaba con características étnicas, religiosas, convivenciales y de relación social comunes; presentaba un componente de complejo, respeto y sumisión del inmigrante, procurando la adopción del conjunto de modelos y costumbres del país de acogida y por tanto, su notable integración; manteniendo, quizás, tan solo sus pequeños hábitos tradicionales, siempre de puertas para adentro de sus casas, con familias, amigos o compañeros de trabajo. En la intimidad pues, el inmigrante españolito, rezaba a sus vírgenes, bailaba sus bailes y celebraba sus tradiciones.

Sin embargo esa segunda generación de inmigrantes de la Europa actual, procedentes de países islámicos o pseudoislámicos, africanos, orientales, latinoamericanos y, más recientemente de las ex – repúblicas soviéticas; se halla integrada en gran parte solo sobre el papel de un pasaporte o una residencia, hallándose muy lejos de la integración social tradicional, manteniendo en compartimentos estancos o guettos sus hábitos religiosos, convivenciales o costumbristas. Esa gran falsedad o ese gran autoengaño se está demostrando con los acontecimientos en Francia y, sin ir mucho más lejos, tan solo podemos recordar que los sangrientos atentados de Londres, fueron perpetrados por ciudadanos ingleses súbditos recientes de su gloriosa Majestad.

Difícil se presenta pues el panorama descubriendo que las enormes bolsas de inmigración se constituyen como un estrato social de frágil subsistencia y muchas veces totalmente impermeable a la sociedad de acogida; pudiendo en cualquier momento provocar una rebelión imparable de nefastas consecuencias. Y en España, pacientes lectores, nos puede pasar lo mismo, aunque nuestro retraso debería en nuestro favor, permitirnos marcar directrices y correcciones en el proceso de admisión, integración y acogida para permeabilizar ese substrato. “Cuando las barbas del vecino…..”

Pero no podemos atribuir la marginalidad solo a la inmigración, ya que nuestras propias estructuras educacionales, laborales, económicas y de desarrollo social, han propiciado la existencia de movimientos al límite de la legalidad o claramente ilegales, articuladas en bandas punks, ocupas, insumisos varios, etc. Gente marginal y marginada que ni quiere ni podría integrarse pues el fracaso escolar, la objeción general o los cantos de sirenas de la droga, el peinado o el vestir, les ha abocado a un mundo sin salida que no presenta escapatoria alguna, más que la rebelión. Dificultades de acceso a un puesto de trabajo, a una economía y vivienda digna, son hoy día el pan cotidiano de la juventud, entrampandose de por vida, solos o en pareja, en la compra de un piso y quizás un vehículo, que absorberá la práctica totalidad de sus sueldos y dedicando el resto a la alimentación o al ocio, viviendo lógicamente en el más rabioso día a día, cuando no confiando en el crédito o la tarjeta.

No deberían extrañarnos esas rebeliones desatadas en una sociedad que huye hacia delante, que cultiva la insolidaridad y practica el sálvese quién pueda; ni procede el lamento pues verdaderamente hoy día, es de admirar la valentía de los jóvenes que, con su trabajo y esfuerzo van adelante como pueden, navegando contra viento y marea, mejorando cada día y viendo su futuro y el de sus hijos; ya que no todos se atreven a la aventura y entonces, su propia cobardía e incapacidad los aboca al abismo.

No soy político en cuyas manos recaiga la responsabilidad de tomar medidas preventivas urgentes, ni sociólogo que sea capaz de estudiar el porqué del problema y sus soluciones, pero me inquieta como simple ciudadano, el pensar que esos negros nubarrones, como los que cuando escribo éste articulo cubren el cielo, descargarán su tormenta sobre nuestras cabezas. Y si no, al tiempo.