mariano_goma_otero_academia_debellas_artes_006Éstas todavía largas y apacibles tardes de otoño,  invitan a contemplar cómo el sol se va poniendo y mengua la luz,  en compañía de un amigo o un libro amigo.  A mí me ha acompañado éstos días el libro-ensayo  “La civilización del espectáculo” del reciente premio Nobel  Mario Vargas Llosa.  Nunca he sido un especial lector y admirador del personaje aunque lógicamente leí algunos de sus libros que le dieron fama.  Tampoco aplaudí especialmente la concesión del Nobel pero pensé, por una parte que el comité de sabios que los valora y otorga conoce muy bien quién es merecedor con carácter planetario,  sin que los ciudadanos tengamos idea de los méritos de autores chinos,  turcos o indús.  Por otro lado si Vargas Llosa ha merecido un Cervantes y un Príncipe de Asturias;  modestamente  me hace creer y confiar que después de esos extraordinarios reconocimientos,  era más que plausible que se le escogiera para el Nobel.

Dicho esto tengo que manifestar en éste artículo que la “Civilización del espectáculo” es un excelente libro.  Las sabias reflexiones que vierte constantemente,  el sentido común que respira cada capítulo,  la inteligencia de los análisis y el sorprendente lenguaje con que lo transmite;  lo convierte en un libro más que recomendable.  En mi caso,  del último conjunto de libros que he leído,  casi diría que solo en éste he sentido la necesidad de tener un lápiz con el que ir subrallando frases,  conceptos o propuestas.

Quizás no tendría por qué dudarlo pero me ha sorprendido el conjunto de citas de filósofos,  pensadores,  humanistas,  escritores y agitadores culturales;  que demuestra un más que imponente conocimiento de la literatura y de la historia de la sociedad,  sus religiones y tradiciones,  miserias y riquezas.  Debo recalcar mi crítica habitual a quienes escriben amparándose en tantas citas de otros que el lector no acierta a saber si el firmante es quién ha escrito realmente o ha aportado algo de sí mismo.  En éste caso Vargas Llosa aplica también una justa y ponderada dosis de referencias que,  normalmente ayudan y complementan el tono de la reflexión y el ensayo.

Aborda temas actuales y complejos para los que es difícil dejar de posicionarse y adoptar alineamientos o críticas,  que pasan por la particular comprensión de cada uno y,  porque no decirlo,  por las creencias,  valores y principios de cada cual con independencia de credos o espacios políticos.  Y todo ello basado en conceptos tan generales como,  cultura,  civilización,  desarrollo,  valores,  religión,  redes sociales y todo aquél etcétera de componentes que acompañan al ser humano en la vida del planeta.

Valientemente denuncia las ridículas manifestaciones de las artes actuales en sus diferentes vertientes;  desde el cine vacío y malo,  hasta la pintura donde parece que el artista vomita lo peor que lleva dentro,  hasta la cultura del disparate y la barata exhibición de la música;  por poner tan solo unos ejemplos.  Nos introduce en las mentes enfermizas de los charlatanes de los medios que arrastran a la masa como el flautista de Hamelín  al inevitable precipicio de la frivolidad,  la falta de educación y el mal gusto internacional.  Así mismo,  esa falsa libertad de formas y expresiones se basa en el lema de prohibido prohibir del movimiento de Mayo del 68 del pasado siglo en el que,  si en aquella época fue positivo y necesario;  hace ya cincuenta años que quedó decadente y obsoleto.

Es especialmente inquietante el veraz análisis que realiza sobre la transformación del erotismo y la sensualidad en pornografía pura y la consecuente obtención de lo que denomina el sexo frío por puro y egoísta placer,  que acaba en muchos casos alimentando desviaciones ocultas que de vez en cuando nos descubren los medios de comunicación y ante los que quedamos horrorizados.

La adopción de criterios en cada país,  estado,  región o ciudad,  en relación al velo islámico y los símbolos y actitudes religiosas,  ha creado un estado de debate,  ansiedad y hasta violencia,  que se aleja de los más elementales principios de respeto y libertad individual.  La religión debe ser una manifestación de libertad de un mundo civilizado y no el instrumento de provocación y enfrentamiento que a lo largo de nuestra historia y todavía en nuestros días, se  ha traducido en las mayores matanzas y limpiezas étnicas imaginables.  Marx y su famosa afirmación de que la religión es el opio del pueblo,  murieron hace mucho tiempo,  el cuerpo y la idea se pudrieron en su tumba y,  solo lascivos sepultureros,  profanadores de cadáveres y últimamente iluminados oportunistas en recoger los deshechos de los malos tiempos y las nefastas prácticas del poder,  se atreven ya a remover los restos bajo tierra.

Estamos inmersos en un más que inquietante desprestigio de la clase política y por extensión a la clase dirigente en general que han abierto de par en par las puertas de la corrupción y del auténtico robo. La sociedad desconfía de los que llevan el timón de nuestra nave y se ha instalado en la mente colectiva que,  mayoritariamente la clase política la componen los mediocres que en ello ven una salida a su triste condición,  a partes iguales con los que husmean el dinero y acomodo económico fácil a costa del dinero de todos.  No todo es verdad,  por supuesto,  pero quizás el retrato se parezca bastante al modelo y sus rasgos.  Las malas prácticas del poder judicial tienen confundida a la gente que piensa que precisamente ese estamento sería quien debería abanderar el máximo referente y garantía del cumplimiento de la ley,  apareciendo con desesperante lentitud las acciones contra la corrupción sin que nunca se concluyan las causas y queden enterradas por los polvos que va depositando el viento sobre los legajos.  Pues tampoco.  Y finalmente la banca y los banqueros,  una porque a ella se debe buena parte de nuestros males y,  otros porque han usado y abusado del dinero de los demás instalados en sus mansiones tañendo su lira al más puro estilo Nerón,  mientras la ciudad ardía con sus habitantes y esclavos.

Cierto es que posiblemente necesitáramos más cárceles para tanta gente pero,  paradójicamente,  no hay dinero para construirlas.

Religiones,  patrias,  símbolos y banderas representan un caos mental para una sociedad posesa por contradicciones,  pasiones y falsos orgullos.  Catolicismo pero no tanto,  islamismo pero menos,  españolismo sin exagerar,  nacionalismo o independentismo que vocifera envalentonado y debiéramos  pregonar con la boquita muy pequeña por si acaso, la pasión para unos y el juguete para otros,  nos explota en las manos cercenando para siempre cuerpo y alma.  Dios no lo quiera.  Total,  la cruz es un atentado a la sensibilidad de la gente,  el burka es la vergonzosa esclavitud de la mujer y hasta  tenemos que avergonzarnos de nuestras propias banderas y creencias o agitarlas clandestinamente en la intimidad para no ser agredidos, insultados y condenados a las cavernas.

Esos son los valores de la civilización del espectáculo y el mundo que hemos creado;  eso sí,  solo unos cuantos porque la mayoría del planeta se sigue muriendo de hambre.

Háganme caso y lean el libro.

Mariano Gomá.

Académico de la Real Academia de Bellas Artes

de San Fernando.