INDIA. 1.     DELHI –JAIPUR.

La primera impresión que se tiene al llegar a Delhi, al márgen del caos de inmigración, controles que poco controlan y demás fotos dactilares y personales; es que las maletas salen a la cinta antes de que lleguen los pasajeros. A partir de ahí uno entra en el mundo de mil doscientos millones de seres humanos que,  van poco a poco alzando la voz y,  el día que griten al unísono, nos van a faltar sordinas para asumir el mensaje.

Ahora podría dar cien datos técnicos de población, renta per cápita, paro, sistema político y demás pero ésto es tan simple como entrar en wikipedia y además no tengo los conocimientos suficientes para ello; pero sí creo que puedo aportar algunas ideas o impresiones de un simple observador que además tiene la osadía de escribirlo y publicarlo.

La primera gran aportación tiene que ser acerca de la figura de Mahatma Gandhi. Bapu,  como así le llamaban,  ha sido a mi entender uno de los personajes fundamentales de la historia pues solo con sus gestos, su filosofía y definiciones,  su talante pacífico, su inteligencia y su bondad; fue capaz de devolver a la India su dignidad y orgullo,  enviando a su vez un mensaje a todo el mundo.  Para miles de millones de personas, es y seguirá siendo una imprescindible referencia.

Delhi, una ciudad con casi diecisiete millones de habitantes,  es más bién una conurbación de ciudades diferentes con distintas morfologías, de clases sociales que se encuentran a años luz unas de otras,  lejana por tanto la convivencia humana;  sin embargo presenta algunos denominadorss comunes como son, la tolerancia y la dignidad.  En Delhi convive el hinduismo con el budismo, el islam, el cristianismo, el judaísmo, el sijhismo y todas las variantes imaginables alrededor de un Dios o Dioses; con absoluto respeto tanto para las costumbres como para las liturgias e indumentarias; resultando especialmente gratificante para la vista, el impemetrable Burkha, con el colorido de los saris maravillosamente seductores incluso con barriga al aire.

Y ahí es cuando uno se encuentra con un extraordinario país tolerante y abierto.  En India no es necesario condenar actitudes, ni prohibir indumentarias puesto que si no se integran, se condenan solas; ni violencias e inseguridades puesto que el más de un millón de agentes de seguridad se encargan de cercenarlo al momento. Volvamos a recordar que son mil doscientos millones. Y ésto en una ciudad en la que conviven más de cinco millones de indocumentados.

Todo el mundo subsiste pero, créanme,  no pasa nada.

Pero quisiera volver a remarcar la dignidad. El pueblo hindú es básicamente digno. Les ampara una larguísima historia y un lugar preeminente en la civilización, han sido puente y cuna de culturas que les han otorgado la orla de la grandeza de raza y, seamos realistas; con mil doscientos millones, la potencia de su pisada en el planeta, es y será remarcable pues representa ni más ni menos que la suma de la población de Europa y el conjunto de Norteamérica y Sudamérica.

Quisiera remarcar que sostengo la teoría, madurada en todos los lugares que tengo la suerte de visitar, de que el pueblo inglés en sus colonizaciones, no solo ha absorbido y explotado aquello que ha estado a su alcance, sino que al marchar no han dejado huella alguna cultural, ni de mezcla con el mundo autóctono, limitándose a habitar en satélites aislados sin contacto alguno exterior. Creo que a excepción de escasos ejemplos, mi teoría se volverá a cumplir; aunque sí es cierto que en Delhi se observa enseguida en la ordenación de la nueva ciudad, el planeamiento urbanístico de enormes espacios verdes elegantes con grandiosas avenidas,  que unidas a una más que remarcable arquitectura colonial,  convierten la ciudad en un caos sumergido en la geometría o en el mayor desorden organizado que he visto.

Se dice en India que para conducir por el país se necesita tan solo una buena bocina, unos buenos frenos y mucha buena suerte.

Si el tiempo me lo permite y los sufridos lectores aceptan sufrirlo, seguiré describiendo mis impresiones.

 

Delhi-jaipur.      Mariano gomá (3-16)