Mariano Gomá Otero

Una vez más, se acercan las celebraciones de Navidad y, como un anuncio, la gente comienza a pasear por unas calles engalanadas de luces, estrellas, abetos y copos de nieve, para mirar los escaparates donde se muestran todas aquellas ilusiones sin límite ni fronteras de edad o de condición. Soñar es gratis. El frío, el vaho que produce el aliento, las bufandas y los cuellos subidos de los abrigos que nunca protegerán lo suficiente las caras rosadas y frías, ni el brillo de los ojos llorosos.

Todo ayuda a crear el ambiente festivo de, tal vez, las más grandes tradiciones del mundo. Y para los más comilones llega el momento de la buena mesa, ya que estos días todo se va en comer y beber: turrones, pasteles, mazapanes… y en enero tendremos que portarnos bien. Jesús, el Belén, la misa del gallo, el paisaje bíblico, los pastorcillos, los Reyes Magos y su cabalgata, Santa Claus con sus trineos de renos; y el resto de complementos tradicionales como El Tió, el Home dels Nassos, etcétera.

Alegría de pequeños y mayores, cada uno con su juguete, la familia y los amigos porque el corazón late y el alma vive. Hay gente que comienza harta o acaba harta de estas fiestas y también los hay que durante estos días sienten las tristeza de estar obligados a la celebración, a pasarlo bien y a recordar a las personas apreciadas ausentes o que ya no están con nosotros en la tierra. !Qué carga de sentimientos ponemos todos sobre la mesa! Pero, ¿Quién, en una u otra medida, no lo necesita un poco? Puede que en los rincones más escondidos de nuestra sensibilidad se enciendan durante estos días pequeñas luces que nos ayudan a iluminar también nuestro, muchas veces, oscuro interior y puede que también nos enseñe a perdonar y que nos perdonen. ¿Quién puede, entonces, renunciar a éste saludable ejercicio en un mundo que poco a poco nos ahoga y que día a día nos esclaviza? Pero la intención de este escrito no es alabar las bondades de las fiestas de Navidad, ni reflexionar sobre su conveniencia, si no que hoy quiero dedicar mi recuerdo a toda aquella gente que la fiesta olvida, a aquellos que no han sido invitados a participar en ella.

Hoy mi espíritu vuela: a hacer de juguete ante los millones de niños que nunca han jugado; a hacer de familia de toda aquella gente desestructurada que trabaja y vive lejos de los suyos o que, simplemente, no tienen a nadie; a brindar con todos aquellos que no pueden levantar una copa porque no hay ninguna otra mano que levante la suya. Nos quejamos de la televisión y reconozco que soy el primer crítico con los programas groseros y de efectos perniciosos, pero debo reconocer que los días señalados de Navidad, Fin de Año, etcétera, a pesar de todo, trasmiten luz, música, color y sonrisas como única compañía y refugio de muchas más personas de las que nos imaginamos.

Preguntaría a los lectores: ¿quién en una situación familiar especialmente triste no ha celebrado las fiestas como cada año y ha encontrado en un baile o en un mal chiste aquella excusa para sonreír o para tener un tema de conversación? Vivimos en un sistema social donde los fuertes dominan por pura energía; los jóvenes destacan por simple resistencia; los que gritan porque son más ruidosos y los violentos porque son capaces de dar la primera bofetada. Pero me pregunto: ¿Por qué no tenemos en consideración la experiencia y la sabiduría de la gente mayor, el miedo o la depresión silenciosa de los maltratados, la vergonzosa humillación de los niños acosados y, puede, que de todo aquel sector  que está en disposición de servir a la sociedad y no de  servirse de ella? Está claro que el voluntariado joven, la solidaridad de la sociedad emergente nos debe llevar a la subsistencia humana, pero estoy seguro de que conseguiríamos una respuesta masiva, positiva y eficaz, si pidiésemos más tiempo a quien lo tiene.

Quiero felicitar la Navidad a la sociedad en general pero especialmente a mis amigos y amigas  que conjuntamente con mis familiares me dan vida y me allanan el camino , pero, sobre todo, quiero acercarme a aquella gente que no ha recibido ninguna postal de Navidad, ni regalos; a aquellos que no tienen ninguna comida o cena de empresa o familiar, aquellos que probablemente no reciban ninguna llamada de teléfono. A todos ellos y ellas les deseo que el próximo año sea mejor, que la suerte les acompañe y que la paz les invada con la serenidad  y la paz que hoy en día nos es tan necesaria. A todos…!Feliz Navidad!.