AQUÉL VAGÓN DEL METRO DE PARIS.

 

Hace unos años viajando en el metro de Paris, aunque podía haber ocurrido en cualquier ciudad del mundo, bien asido a las barras de equilibrio y viendo pasar los reflejos de la oscuridad del túnel entre estaciones, me paré a pensar en la gente con la que estaba compartiendo vagón. De las aproximadamente sesenta personas que llenaban el espacio, a groso modo calculé que una cuarta parte eran de piel oscura en sus diferentes variables, otra cuarta parte eran orientales así mismo en sus diferentes grados y la tercera cuarta parte eran árabes con diferentes atuendos tradicionales con idéntica piel.  Por tanto tan solo una exigua cuarta parte eran de piel clara como yo; pero también pensé que en esa mi porción cabían otros orígenes del planeta, unos lejanos y otros próximos que poco tenían que ver con los que ostentamos pertenecer a la vieja y tradicional Europa.

La conclusión fue que casi no llegábamos a representar el diez por ciento del vagón aquellos que tanto alardeamos de ser quiénes y cómo somos, serios , ordenados, cultos y ricos.  Y entonces pensé que cuánta soberbia nos invade, cuán equivocados estamos y qué grandes errores estamos cometiendo si encima peleamos por estar divididos de forma provinciana y cuando no pueblerina.

Si además dos terceras partes no serían cristianos, solo el diez por ciento tendrían el sesenta por ciento de la riqueza del planeta y todos ellos serían norteamericanos, la mitad en sus países sufren desnutrición y ni tan solo uno tendría acceso a estudios universitarios y al mundo informático; el problema de mi vagón empezaba a oscurecer mi pensamiento bajo las luces de neón.

Finalmente en el ritmo del traquetreo imaginé que todos los que allí estábamos teníamos un  sitio donde dormir, un techo en la cabeza, ropa en el armario, comida en la nevera y unas monedas en el bolsillo, lo cual nos otorgaba el privilegio de poder viajar en el metro de Paris sabiendo además leer itinerarios y estaciones, lo cual nos situaba aproximadamente de nuevo en el diez por ciento de la población mundial.

Y resulta que esos privilegiados andamos a la greña por nuestras costumbres, identidades, hechos diferenciales, idiomas, banderas y otras banalidades mientras nos insultamos, destrozamos y quemamos objetos que casi nadie alcanzará a tener ni soñar en su vida.  Por otra parte quienes lideran esos movimientos de ruptura, acoso y violencia verbal, cuando no física, lo hacen vestidos con camisetas, sudaderas, gorras y zapatillas deportivas de diseño, por supuesto de coste caro que es lo que propone el mundo de la moda juvenil.

Deberíamos sentir vergüenza de lo que nos está pasando en Cataluña donde imperan en el gobierno autónomo las imposiciones de esos neopijos de diseño que pisan las mullidas alfombras del Parlament mientras mantienen en la calle sus comandos armados con uniformes a la moda dispuestos a agredir e insultar a cualquier foco de disidencia.

Si las tragedias que asolan el mundo hoy día y lo que está pasando en la minúscula aldea catalana es producto de la libertad de expresión, a mí, y creo que a varios millones de catalano-españoles como yo,  que no nos busquen  en ese escenario pues siempre permaneceré en el lado de la cultura, la educación, el trabajo y el sentido común.  Y simplemente porque creo que ese es el correcto lado de la historia y del camino que se arropa en la seguridad y la firmeza de lo sólido y no en el fangoso barranco de las malas maneras, los odios y el libertinaje.

Y ahora cierro los ojos y vuelvo a sentir en el recuerdo aquél vagón del metro de Paris.

Mariano Gomá.