Asistiendo hace escasos días a un acto-cena de carácter social con distribución de mesas y todos los protocolos establecidos,  en uno de los parlamentos se aludió a los espejos que conformaban la decoración de la sala y como sus reflejos le daban una mayor dimensión mientras que aparecía además multiplicado el número de mesas y comensales.  Ello me sugirió una cierta reflexión acerca de los efectos que produce el fiel reflejo de un espejo y sus múltiples aplicaciones como elemento básico de la verdad objetiva con mayúsculas,  denunciador casi siempre de nuestras propias conciencias.

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Desde Cleopatra hasta nuestros días pasando por el cuento de Blancanieves de los hermanos Grimm,  el espejo reflejaba la belleza,  la vejez o la ira de forma exacta, de toda aquella persona que se le ponía delante y por consiguiente ha sido objeto de todo tipo de dramas,  historias y leyendas de la humanidad.  No pretendo adentrarme en el mundo de la magia, la hechicería y el esoterismo que a lo largo de la historia ha inspirado el espejo en relación a que dentro de los espejos hay otro mundo,  como si fuera el nuestro pero de forma invertida puesto que las cosas que nosotros vemos,  en ese otro mundo están al revés.  De igual forma ha inspirado todo tipo de teorías fantásticas el hecho de que al situar un espejo frente a otro se crea un portal de dimensión infinita donde los espíritus y el pensamiento pueden transitar libremente dentro del mundo de los vivos y su dimensión con transmisiones al más allá o hacia otro mundo similar al nuestro pero donde nada es lo que parece.

La imponente figura del general Patton,  el engominado bigote de Salvador Dalí,  el espejo de las Meninas de Velázquez que otorga al cuadro la máxima profundidad,  la lánguida mirada de Greta Garbo e incluso las escenas de la película “El baile de los vampiros” del genial Roman Polanski en las cuales solo se reflejaban en los espejos de palacio y en los bailes de salón,  las figuras de los mortales,  mientras que las de los vampiros no se reflejaban,  lo cual denunciaba quienes eran los chupasangres y quiénes no.

Vestidores,  probadores y peluquerías,  han sido el origen de Oscars de Hollywood,  quizás en igual proporción que de suicidios y fatales depresiones;  solo por el simple hecho de que el espejo devolvió exactamente la imagen de lo que se le ponía delante.  Lógicamente desde el mundo terrenal,  hombres y mujeres indistintamente,  pues no vale a hacerse los machotes; nos ofrecemos diariamente al espejo en ascensores,  en el baño y en todo lugar en que pretendemos vernos,  aunque en muchos casos no nos guste lo que vemos;  mientras que en otros fomentemos el más puro narcisismo.

Por poner un ejemplo que todo el mundo conoce o debería conocer;  en gimnasios, salas de fitness o aeróbic,  se puede ver como se miran las posturas de gimnastas o bailarinas para mejorar una figura o un gesto;  pero también forzudos y forzudas,  se ponen ante el espejo en sus ejercicios de bíceps o pectorales,  mirándose fijamente mientras resoplan,  con aquella satisfacción que les debe producir la tensión del músculo o la aparición de una vena,  como si ello representara un estímulo erótico o simplemente el infantil pensamiento del  “ qué bonito que soy” o  “ qué fuerte que estoy”.  Y digo todo ello puesto que acostumbro a visitar esas salas en todos los hoteles donde me hospedo en mis viajes, donde me castigo sudando como un buey en la cinta o machaco mis abdominales con la infeliz esperanza de reducir prominencias ventrales;  y siempre me fijo en las zonas de los espejos y sus usuarios que me parecen ciertamente ridículos en muchos casos.

Pero volviendo al espejo,  admitamos que es un invento imprescindible en nuestras vidas y mantenemos con él una relación amor-odio que a veces ejerce de conyuge cansino y cotidianamente aburrido,  como se convierte en amante seductor con quién descargar todas nuestras pasiones.  A veces nos desprecia o nos insulta,  cuando no nos agrede, y entonces prometemos apartarlo de nuestras vidas para siempre,  aunque a veces lo espiemos desde el quicio de la puerta o lo miramos de reojo como quién no quiere la cosa;  pero otras veces nos alaba lanzándonos un piropo que naturalmente estamos esperando,  aunque su efecto sea el del mayor halago que hayamos recibido jamás.

A casi todo el mundo,  en ciertos momentos,  nos encanta posar ante el objetivo de una cámara en celebraciones y en general momentos de la vida pero si el resultado no nos satisface siempre podemos romper la foto o darle al botón de borrar en el mundo digital;  pero el espejo siempre deja huella en nuestra conciencia y esa imagen no se puede borrar y ahí queda sin que podamos manipularla u olvidarla.  Ese es el poder de seducción del espejo en nuestras vidas.  Lo amaremos u odiaremos alternativamente, pero de forma casi obscena ahí estará,  siempre señalándonos con el dedo de nuestra propia realidad,  nos guste o no.

Pero quisiera acabar ésta reflexión volviendo a los espejos de la película de Polanski que solo reflejaban la imagen de los mortales sin que aparecieran las imágenes de los vampiros y chupasangres,  confundidos con la gente.  Y entonces se me ocurre sugerir que todos y cada uno de los ciudadanos deberíamos llevar un espejo – las mujeres ya lo llevan pues siempre van delante de los hombres- para intentar tener la certeza de si las personas con las que nos codeamos y sobre todo las que hacen campaña para obtener responsabilidades públicas al igual que los que ya las ostentan,  se reflejan en nuestro espejo o no.  Y por todo ello sería aconsejable que protegiéramos nuestra yugular porque hay más chupópteros en el baile de los que parece y,  quizás entre tanta gente,  los espejos dieran una imagen de la sala casi vacía.

Ese es creo yo,  el reflejo del espejo.