La concesión del Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional a la Cruz Roja y la Media Luna Roja,  representa mucho más que un reconocimiento a personas e Instituciones que han destacado por su dedicación a la cooperación en el mundo;  es simplemente un más que justificado premio a la gente;  sencillamente a las personas que vivimos en éste planeta,  que sentimos el voluntariado,  que nos mueve la solidaridad y que pensamos que aún siendo muy grande o muy pequeño en el Universo;  aquí habita mucha hambre, pobreza, indefensión, violencia, marginación, vulnerabilidad y todas las lacras de una sociedad que nosotros mismos hemos creado y todos los errores que hemos cometido e injusticias que hemos provocado.

Que el jurado del Premio Príncipe de Asturias  haya decidido conceder éste galardón a la Cruz Roja,  cabe interpretarlo con mayor distancia que a una labor institucional puesto que ésta la conforman centenares de miles de personas socias, voluntarias técnicas y colaboradoras que ahí están siempre,  allá donde se necesita,  ayudando en la desesperación,  acompañando en el dolor y,  haciendo finalmente que tantas otras personas necesitadas sientan que tienen gente a su lado;  que no están solas.  Y esa es precisamente la buena gente de Cruz Roja y,  a ellos y ellas debe ir destinado el premio.

Siempre he opinado y escrito más de una vez que hay escasísimas instituciones en el mundo,  que de forma neutral e independiente,  pueden ser capaces de mediar en conflictos,  de desplegar infinita ayuda material y humana de forma voluntaria,  que merezcan el respeto de la comunidad internacional y de todos los contendientes de las guerras,  ya sean étnicas, religiosas,  políticas o económicas;  y finalmente que tengan llaves de fronteras y puertas para acudir en ayuda de afectados por catástrofes naturales,  epidemias o hambrunas.  Es el más puro significado de la bandera blanca,  de la paz con mayúsculas y de la proximidad.

Por ello dije entonces y digo ahora que Cruz Roja debería tener asiento en todos los foros de debate internacional puesto que por su propia condición podría representar el idóneo instrumento mediador y pacificador,  desplegando toda su capacidad de diplomacia humanitaria y así,  quizás ayudaría a resolver muchos conflictos en que las partes ni siquiera son capaces de abrirse al diálogo.  Vivimos en el mundo de la prevención de riesgos y enfermedades pero sin embargo,  lamentablemente tenemos que seguir acudiendo a recoger cadáveres o moribundos,  lo cual en si mismo parece una contradicción o una situación rayana en el surrealismo.  Una marca tan potente, extendida por todo el planeta casi sin excepciones,  en la que miles de millones de personas confían, sienten y saben que allí donde se halle su símbolo;  detrás de la puerta, la tienda de campaña, el vehículo de transporte,  la caja de material y la camisola de los y las voluntarias;  se halla la ayuda con mayúsculas,  el calor,  el alimento o un corazón humano próximo y desinteresado;  debería tenerse mucho más en cuenta para mediar en los conflictos en favor de la paz,  tan solo por la confianza que merece de entrada.

Creo que es un merecido reconocimiento a ya casi ciento cincuenta años de invariable trayectoria en ayudar a los demás,  restañando heridas,  eliminando grietas en el edificio que ha construido la humanidad y taponando las fugas y escapes por las que la sociedad se debilita y sufre.

En estos momentos de tan enormes necesidades humanas,  es una inyección de optimismo y un mensaje directo de ánimo y cariño a toda aquella gente que dedica su tiempo o parte de él a ayudar a los demás,  pues de esa manera refuerzan su convicción de que todo lo que están haciendo es bueno y está bien.