Pasa el tiempo a pesar de todo y, sin que nadie pueda olvidar, se va alejando aquél fatídico once de Marzo en el que el terror y la sangre tiñeron Madrid. Aquél triste Jueves en que todos fuimos madrileños por solidaridad y por comunión en la desgracia; en el que simplemente brotó todo lo que de personas llevamos dentro. Salimos a la calle, gritamos, lloramos en silencio, maldijimos la barbarie de un mundo que se nos escapa de las manos, derrocamos un gobierno y; en realidad morimos un poco todos.

Cuerpos de seguridad, entidades de cooperación, voluntarios, médicos, psicólogos, compañeros y ciudadanos anónimos; recogiendo, salvando, trasladando, restañando, taponando, abrazando y consolando a victimas y familiares empapados en sangre y lágrimas. Cómo ese día, desde cualquier rincón de España y del planeta, se vieron manos tendidas, gritos de apoyo, cómplices miradas y suspiros de amor al viento.

Pero, a las tristes referencias, ahora mundiales, 11-S y 11-M, hay que sumar todas aquellas fechas anónimas en las que se han producido masacres o asesinatos masivos. Indonesia, Africa, Cáucaso, Asia y Oriente Medio, en épocas recientes; han temblado con el horror de la muerte de miles de seres humanos, pero al no situarse en el mismo corazón del todopoderoso Estados Unidos, ni en la columna vertebral de la vieja Europa; parece que hayan sido guerras de segunda, exterminios menores y referencias de las páginas de noticias breves. También en esos casos vimos el omnipresente símbolo de Cruz Roja, compartiendo escenas de mortandad con ciudadanos semidesnudos, árabes, negros, asiáticos y…qué más da; que también acudían a ayudar, con el grito en la boca, la lágrima en la cara y sangre en las manos.

Cada cual en su territorio y con sus medios, horrorizados ante los mismos cadáveres, la misma carne destrozada o calcinada, idénticas mutilaciones y el horrendo reflejo de nuestros propios cuerpos. Guerras tribales, religiosas, étnicas, doctrinales o políticas; iniciadas por intereses inconfesables que provocan y utilizan a la masa para atacar, invadir y matar; sin que nadie sepa después, qué objetivo se cumplió o qué meta se alcanzó.

Me viene a la memoria una reflexión del Comandante de la Luftwaffe alemana, en la guerra mundial, Erich Hartmann; quié volando en su Stuka hacia el siguiente bombardeo, escribió; “La guerra es un hecho monstruoso en el que hombres jóvenes que no se conocen ni se odian, se matan cumpliendo órdenes de hombres viejos que se conocen y se odian……pero no se matan.”

Ese es nuestro mundo, quizás el precio de la civilización o el camino que conduce hacia la autodestrucción. ¡Ahí está el enemigo a vencer.! Multirazas y pluriculturas luchando juntas por una convivencia respetuosa y tolerante; huyendo de estúpidos problemas domésticos, que nada cuentan frente al hambre, la epidemia o la catástrofe natural. Que más da el idioma frente al abrazo, la tecnología frente al aire o la cultura frente al sol.

Qué triste es pensar que necesitamos quizás, de crueles convulsiones para que, por un día, olvidemos los odios, enterremos egoísmos y soberbias, expulsemos la violencia de nuestra vida, abracemos sin maltratar, caminemos juntos y seamos capaces de respetar y respetarnos. ¡Tan solo por un día.!

Deberíamos inventar el sistema para despertar nuestras conciencias humanas, sin necesidad de que nadie muriera. Sería estupendo que pudiéramos recordar, sin el ruido de las bombas, la necesidad de compartir. No es con lágrimas que debemos descubrir el color de nuestra piel, ni con llanto llamar a nuestro Dios. No es solo el dolor lo que debe impulsarnos a abrazar, ni la pérdida a tomarnos de la mano. Quisiera que halláramos la solución para el amor y la solidaridad.

…¿Quién, mirando a lo lejos, verá venir la PAZ…?