DEDICADO A JUANJO GARRA.

 

Volando hoy a once mil metros de altitud sobre el Atlántico Norte con destino Reykjavik y en la comodidad de la aviación moderna uno no puede evitar una reflexión sobre la grandeza de nuestro planeta,  la belleza del límite de la estratosfera,  la sinfonía de colores en blanco, azul intenso con verdes y ocres y su consiguiente degradación y difuminación según las profundidades del mar o de las alturas de la tierra.

Desde el confort del asiento,  en donde una pantalla de La Tierra en tecnología GPS me va indicando la posición instantánea del vuelo en sus diferentes escalas de detalle;  a grandes distancias puedo ver desde Alaska y Canadá hasta Groenlandia cubierta de hielo por encima de estados Unidos  ;  el Círculo Polar,  las penínsulas escandinavas,  la tundra siberiana hasta el Gobi y Vladivostok,  entre el Océano Ártico,  Atlántico Norte y Mar del Norte.  En ésta latitud se conjugan los azules intensos con los blancos y los verdes de las zonas húmedas tropicales de cáncer y capricornio,  así como las latitudes árticas y antárticas.  Pero fijando la posición de la vista en la franja ecuatorial,  los colores se convierten en un concierto de ocres y arenas de desierto y zonas áridas en África, Península arábiga,  Asia y China  contraponiéndose en el globo con las zonas desérticas de Nebraska,  Nuevo México y demás desiertos americanos.  Tan solo resulta chocante el enorme macizo del Himalaya con sus verdes y blancos rabiosos y eternos de las más altas cimas del mundo.

Y viendo todo ello desde mi pequeño rincón del avión,  no puedo dejar de plantearme la pregunta de por qué en esa inmensidad,  los pocos miles de millones de personas que la habitamos,  somos tan diferentes,  pensamos tan distinto y sobre todo,  gastamos tanta energía en guerras,  batallas y muerte.  Pensando que las tres cuartas partes del planeta pasa hambre,  y el otro cuarto vivimos en la opulencia, – sí sí , en la opulencia- confieso que sea cual sea nuestro origen,  hemos evolucionado rematadamente mal y seguimos un camino equivocado.  Y ello sin entrar siquiera en,  desde ésta altura,  nimiedades de ideas políticas,  etnias,  religiones o nacionalismos;  pero como no pretendo polemizar en éste artículo,  simplemente lo dejaré así.

Ahora volviendo al mundo del GPS y mi pantalla global,  llevo mi foco y,  con él mi pensamiento al macizo del Himalaya y sus cimas,  desde donde también se debe sentir la sensación de grandeza del mundo en que vivimos,  su belleza y su extrema dureza;  y comprendo entonces el porqué de que tantas personas hayan sentido la llamada,  casi vocacional,  de la montaña,  con sus glaciares y sus cumbres,  como quién vuela en la tierra ingrávido y divino.  Esa vocación,  de enorme desgaste físico,  dificultad extrema y riesgo ilimitado;  tiene que verse compensada con creces ante tanta belleza a sus pies.  Sin en mi vida haber sentido esa vocación,  aquí y ahora la puedo entender y además afirmar que solo un grupo de privilegiados humanos la han sentido y seguido hasta sus últimas consecuencias.  Estoy también seguro que esos seres humanos excepcionales,  sentados en una roca o en el hielo de la cumbre, se han preguntado por tanta barbarie y desencuentro,  al experimentar desde esa altura la necesidad de un mundo unido y solidario.  Entiendo entonces también la felicidad que deben sentir al hallarse tan ajenos al mundo de las cotas inferiores,  así como la necesidad casi litúrgica de experimentarla una y otra vez,  y una vez más.

Nuestro conciudadano,  amigo y privilegiado ser humano, Juanjo Garra,  sintió esa llamada,  ha vivido colmado de felicidad una y otra vez;  y allí está para ver por nosotros y nosotros a través de él,  toda esa belleza.  Es crudo y duro pensar que esa irrefrenable actitud se halla por encima de apegos terrenales,  pero el ser humano es así y actúa en busca de la felicidad y la culminación de sus sueños.  Claro que atrás quedan amores familiares,  amistades y compromisos,  pero él no engañó a nadie.  Supo comunicar su sueño,  compartió alegrías y cariño sin nunca esconder su pasión por volver a un nuevo reto y de nuevo ver el mundo desde lo alto,  aún a pesar del riesgo que eso siempre comportaba;  jamás ocultó su necesidad de dejarlo todo y elevarse y elevarse para de esa forma, a pesar de la inmensa tristeza familiar,  añoranza de sus amistades y de su ciudad; alcanzar la cumbre eterna para,  ya sin esfuerzo,  volar con el viento.

Juanjo Garra ha sido un referente del alpinismo y desde aquí seguiremos viendo el mundo a través de su altura de miras,  seguirá transmitiendo su simpatía y nunca dejará de enviar los mensajes de paz con la luz y el viento de su cima.

Gracias,  hoy desde aquí,  por todo ello.

Mariano Gomá.