marian-ogoma-011DE NUEVO EL CRUEL DESTINO.

Una vez más el mundo se halla consternado por un trágico accidente,  ésta vez una catástrofe aérea en los Alpes franceses en un vuelo tan próximo y familiar como es nuestra Barcelona y la ciudad alemana de Duseldorf.  Otra vez los restos esparcidos como vertederos de muerte,  laderas sembradas de ferralla y cadáveres,  rescates e identificaciones contra reloj por simple higiene.  Desesperación y llanto.

Éste cruel accidente se viene a sumar al producido en Ucraína por un disparo erróneo de una estúpida guerra que deja en manos de indocumentados un material bélico destructor, sin que la comunidad internacional se rebele contra los asesinos,  que están vivos y coleando, responsables de una venta y aportación de armas letales.  Y así mismo se suma a otro vuelo,  éste perdido irremisiblemente en el océano Índico del cual no se han encontrado,  o no se han querido encontrar, indicios del más mínimo resto en un mundo de satélites y control GPS super avanzado.  Pero,  a saber qué carga transportaba el avión, no declarada o ilegal,  aparte de los inocentes pasajeros,  para que se haya abandonado y expresamente olvidado, no fuera que las compañías de seguros no quisieran responder y demás.   De nuevo maldito dinero y poder económico.

Y vuelta a despertar de la ya casi olvidada solidaridad mundial ante ésta última catástrofe .  Voluntarios, bomberos,  especialistas,  sanitarios ,  material médico,  centro de almacenamiento de restos humanos,  forenses,  responsables políticos de caras circunspectas y todo lo que haga falta que desgraciadamente siempre es alarmantemente poco para paliar las primeras y urgentes actuaciones y protocolos.

De nuevo podemos ver en televisión y medios de comunicación el minuto a minuto de las horas y días que pasan,  metiendo en el salón de nuestras casas la humedad del llanto y la desesperación de amigos y familiares de los fallecidos.  Todo ello provoca que a los gobiernos,  las ONG’s y a la sociedad en general les suena el despertador de la solidaridad y sentimiento de aquella parte humana que llevamos dentro.

He dicho en numerosas ocasiones que es muy lamentable que el mundo descubra su espíritu de solidaridad en aquellas ocasiones y,  casi siempre solo en ellas,  en que se produce una catástrofe que siega las vidas de personas humanas,  a veces con rabiosa proximidad;  cuando sería deseable que las organizaciones estuvieran en alerta permanente y en constante actividad voluntaria y solidaria.  Ese es nuestro cotidiano y es una pena que las conciencias se despierten solo en los crueles momentos de un accidente en el que la vida de centenares de inocentes se ha truncado por fallos en el sistema, en la tecnología,  errores humanos o lo que es peor locuras individuales provocadas por el drama de la propia sociedad o consentidos fanatismos.

Eso sí, en esos momentos se aparcan odios,  enfrentamientos y  rencores entre países y gobernantes, para posar y emitir comunicados de condolencia.  Enemigos que se abrazan,  rivales estrechándose las manos y proximidades postizas que mañana de regreso al mundo de la realidad,  quedarán encerradas de nuevo en el baúl de los sentimientos perdidos.

Quisiera solo por un instante,  tan solo por un momento,  pensar que todos aquellos que nos conducen a un incierto destino;  mantuvieran mucho tiempo en sus despachos y mesas de toma de decisiones, las imágenes de esas ciento cincuenta personas humanas que se han ido y que como la voz de su conciencia les alerten del daño que pueden llegar a hacer con sus soberbias y egoísmos.

Procuremos pues seguir trabajando en hacer el bien,  aunque tan solo sea por respeto y homenaje a quienes descansan ya en las rocosas laderas de los Alpes franceses. Que todos ellos vean la luz de la paz.

 

Mariano Gomá.