En el caminar de la vida, uno se encuentra con cosas insospechadas, parando en estaciones imprevistas o viajando sin previa reserva y, por mucho que el carácter, la voluntad o la indómita capacidad de involucrarse en todo lo que representa actividad social, humana y solidaria, nos impulsa a dar algo de nosotros mismos, no nos damos cuenta de que después esa actividad nos va pedir mayor dedicación y responsabilidad.

En ese orden de cosas, me encuentro hoy con un nombramiento de presidente de la Asamblea de la Cruz Roja que quizás no me tocara puesto que ya era suficientemente satisfactoria mi labor simplemente en el área de comunicación e imagen, sin mayor ambición que ayudar en la medida de mi tiempo y posibilidades.

Cierto es que siempre satisface que una serie de personas piensen en uno para asumir un cargo y que después otros lo acepten generosamente, pero también es cierto que se experimenta un cierto sabor agridulce cuando se protagoniza un relevo que ni era necesario ni debía haberse producido en según que circunstancias. En su momento me comprometí a colaborar con la hasta ahora presidenta, la señora Mari Carme Mata, y así lo hice como buenamente pude y, sinceramente, nunca imaginé, ni por supuesto ambicioné, encontrarme en la situación de hoy, como alternativa o relevo. A ella debo, pués, dedicar hoy mi afecto y el contenido de este escrito.

Posiblemente, ante las dificultades y las limitaciones de dedicación, me sosiega y alienta pensar que la Asamblea General, asambleas locales, directoras de área, coordinadora de actividades, organización de Cruz Roja Juventud y, en general, voluntarios, socios, colaboradores y amigos de la Institución, constituyen una familia cohesionada, eficaz, brillante en su gestión y entrega, siempre dispuesta, con mirada alegre y limpia, a seguir los principios de solidaridad, voluntariado y transparencia. Sin todos ellos y ellas, ni hubiera podido ni hubiera aceptado la responsabilidad que hoy se deposita en mi mochila.

En otros ámbitos o sectores, un relevo representa, a veces, una mirada crítica sobre la época anterior o una manifestación de tristes herencias o vacíos económicos y de actividad, pero en el caso de nuestra Cruz Roja , no puedo más que pensar en las bondades y bienes que he heredado, siendo mi mayor preocupación el ser capaz de mantener, como mínimo, el nivel que he recibido. Quiero aprovechar este escrito para pedir a todas ellas y ellos una ayuda que necesitaré con seguridad. También pido a las asambleas locales que respiren profundamente sus territorios como la base del oxígeno de la Institución y, finalmente, a las administraciones públicas y a sus responsables que sean sensibles hacia los programas de ayuda a todos aquellos sectores con dificultades de subsistencia e integración.
Se acabaron ya los tiempos de un voluntariado paramilitar, de un transporte sanitario motorizado, de unidades de hospitalización o de emergencias diversas que Cruz Roja cubría en épocas de deficiencias equipamentales, organizativas o de apoyo social. Hoy día, Cruz Roja asume de forma natural aquellas actividades relacionadas con los sectores de población más desfavorecidos, bolsas de marginalidad o desintegración, colectivos maltratados, niños desprotegidos y, quizás con mayúsculas, la soledad. !La soledad social!

De ser un país de emigrantes, somos hoy un país de inmigración; hemos transformado la pirámide de edad con un envejecimiento casi alarmante de la población; la medicina, los avances tecnológicos y la prevención, han conseguido una mayor y más cualitativa ancianidad, una reducción de la mortalidad y no sé cuántas cosas más. Pero todo ello comporta que estemos obligados a responder a esas nuevas demandas, a adaptar las medidas de apoyo a una sociedad cada vez más necesitada y colaborar para que esa mayor expectativa de vida de nuestros mayores vaya acompañada de los mínimos exigibles y, sin duda, merecidos niveles de calidad.

Siempre he pecado de optimista y, por ello, he recibido más de un estacazo que me ha crujido la espalda y creo que siempre seguiré pecando de lo mismo, pero el conflicto social de integración en estructuras desequilibradas y escandalosas, los movimientos migratorios y de éxodo provocados por el hambre, la miseria y la guerra, pueden alentar, y de hecho ya tenemos tristes ejemplos, a ciertos sectores a la rebelión. Los conciertos internacionales deben adoptar urgentemente medidas equilibradoras, los países favorecidos deben aplicar los necesarios fondos de compensación y de ayuda al desarrollo, la sociedad debe ejercitarse para ser integradora y no excluyente y, finalmente, los beneficiarios de de todas estas acciones también deben, sin perder su identidad, involucrarse en un fin de responsabilidad común aceptando derechos y deberes.