CESPED VERDE.   ALFOMBRA ROJA.

 

Llegando la otra noche a casa y sucumbiendo a zapear viendo por pura distracción la televisión,  sin que haga casi nunca ni una cosa ni la otra,  me topé con un canal que no recuerdo, que retransmitía la ceremonia de entrega de trofeos de futbol, entre ellos el balón de oro,  en la rica y preciosa ciudad de Zürich.  Nunca me ha interesado esa ceremonia y por tanto no puedo opinar sobre anteriores ediciones pero quedé estupefacto por el espectáculo  ofrecido que me pareció fatuo y tan sobredimensionado que rozaba el ridículo.

Pretender convertir en un Hollywood Show la entrega de trofeos a los jugadores de futbol veinteañeros en sus diferentes modalidades,  me parece estrafalario y fuera de toda medida.  Entiendo que la mitomanía no tiene límites y la alfombra roja, los vestidos femeninos,  las lentejuelas y el glamour se instalen en actrices y actores de cine que acuden a la ceremonia de entrega de los Oscars,  pero que lo hayamos reinventado para el futbol me parece sencillamente fuera de escala.  Nominados vestidos de luces que les sientan fatal y son horribles pues el normal uniforme de esos chicos son el chándal, los vaqueros de marca y gorritos de todo tipo al revés con los auriculares y la música disco a todo trapo;  pero hete aquí que lo que pude ver por televisión eran jóvenes disfrazados con sus parejas y familias gritando y llorando de emoción;  y la verdad es que me produjo una enorme distorsión en el concepto del deporte y la deportividad.

Y proclamo desde ésta reflexión que los responsables no son los pobres chicos a los que disfrazan diseñadores y marcas,  sino todo el mundo mediático y frívolo de la moda o del fashion a mayor gloria de sus nombres y marcas;  o lo que es lo mismo el imperio del dinero y el espectáculo.

También me fascinó el que se entregaran otros premios aparte del balón de oro y mejor entrenador.  Mejor gol y más cosas que cuelgan;  pero a éste paso y en ese escenario podríamos también premiar al más elegante, el más educado, el más simpático, el más comunicativo, el que luce mejores piernas,  o mejor culo,  o más musculado, el mejor peinado o despeinado,  la mejor sonrisa y hasta incluso el que presenta más espléndido paquete.

Y  ¡Ala!.  Nominados, premiados,  familias y toda la comparsa de fiesta,  por supuesto incluyendo las necesarias acusaciones de favoritismos, tongos, frustraciones y política de votaciones.

Soy muy deportista y practicante,  me gusta el futbol,  me encandila Messi,  me maravillan Xavi e Iniesta,  me asusta Cristiano con el balón en los pies y tengo miedo de Pepe;  pero que a todos esos chicos les hagan hacer el papelón,  me parece que es sacarlos de su mundo y de su cancha de juego para perderlos en un firmamento estelar que no entienden y en donde no se saben mover.  Gente modesta la mayoría cuando no salidos de la calle,  puedo entender que monten en Ferrari o vivan en mansiones con pistolero veinticuatro horas y es lógico ganando fortunas durante unos pocos años;  pero ya no aplaudo tanto que los exhiban y paseen vestidos de luces,  haciendo algunas veces el payaso.

Francamente no lo he visto en ningún otro deporte de élite,  que también hace galas y entrega de premios.  Rafa Nadal recoge sus galardones,  Fernando Alonso los suyos,  Pau Gasol,  Mireia Belmonte y tantos laureados olímpicos,  campeones de casi todo con enconadas y difíciles rivalidades,  son premiados por federaciones e instituciones.  Además todos ellos con carácter mundial con rivales americanos,  chinos y asiáticos,  africanos,  australianos,  etcétera.  cuando en los balones de oro tan solo se las juegan entre unos pocos países europeos y unos pocos sudamericanos.  No pretendo ensalzar a unos ni menospreciar a otros  pues todos ellos y ellas son figuras planetarias  y mi consideración o quizás superflua suposición es que en los otros deportes se debe hacer de forma más discreta y dimensionada;  o quizás es que no me he enterado del espectáculo,  pero a decir verdad como están los tiempos y las dificultades de la gente,  si así fuera,  prefiero no enterarme y seguir viviendo en la inopia,  que por otra parte bendita sea.

 

Mariano Gomá.