Hace ya tiempo que me ronda una cierta necesidad de escribir alguna cosa cargada de amor.  Hoy,  en un momento especial de paz,  mirando al mar y respirando el suave aroma que transporta la brisa donde se mezcla la sal y el pulso de la vida;  quizás sea capaz de poner en un papel sensaciones que se apelotonan bajo la piel,  pugnando por salir,  aunque una vez libres nadie pueda o sepa sentirlas.

Hoy mi mar se mece al ritmo de la música de Cole Porter,  o quizás sea su piano que flota a mi alrededor acariciando las notas……Si… si bemol…sol mayor…fa sostenido…y a ritmo de vals…….un, dos,tres….un,dos,tres….

Es tan difícil en el mundo que hemos fabricado y en el que vivimos,  encontrar momentos en que baila el viento con la música al ritmo del mar que;  cuando aparecen hay que apresurarse y abrir nuestras manos para dejar que se posen en ellas como una mariposa y sentirlos como nuestros.  Tal vez por el cotidiano frenesí de la vida,  las preocupaciones,  la pérdida de valores o todas aquellas tormentas informativas que nos engullen;  vivimos en un ambiente general que nos impide,  o cuando menos no invita a sentir el calor del sol como fuente de vida,  la invisible limpieza del aire que mece los árboles ofreciéndonos la sinfonía de brillos de sus hojas o el misterio del firmamento y sus constelaciones en una cálida noche de verano.

Sería pues deseable, y así lo quisiera creer,  que sin límite de edad y condición,  el amor se descubriera y alimentara manos entrelazadas mirando al mar,  en un paseo de luces y sombras de bosque,  o saboreando los colores lilas, rojos y amarillos de los campos en flor;  y no sobre un teclado de cualquiera de los artefactos que nos brinda la tecnología,  pues las reflexiones no aparecen en pantalla,  los besos no necesitan cobertura y el tacto de la piel nunca podrá ser substituido por el plástico o el cristal.

Nacemos a la vida amando y empezamos a crecer y desarrollarnos alimentando de forma material nuestro físico,  de igual forma que necesitamos alimentar nuestra alma con sentimientos que respiran y desprenden amor,  siendo tan solo necesario su cultivo y cuidado como cualquier ser vivo;  pues la falta de alimento y riego tan solo conlleva ansiedad y angustia,  que pueden con toda facilidad convertirse en odio y violencia.  El concepto de amor como el de sentimiento,  crecen en nosotros y nos acompañaran toda la vida pues por muchas aplicaciones que se nos brinden a creencias o doctrinas y aquellos desengaños y frustraciones que el propio correr de los años nos depare;  siempre llevaremos hasta nuestro final un lecho de sentimiento familiar y amor a lo que nos rodea.

Infancia, adolescencia y juventud son etapas clave para alimentar el mundo del amor y ser capaces posteriormente de mantener esa llama viva y activa en las etapas de madurez que la vida nos irá presentando,  recibiendo entonces las cosechas de una buena siembra.  El veloz e imparable desarrollo de nuestra sociedad está alterando los parámetros humanos que siempre han representado las referencias o valores,  si así los queremos llamar;  y avanzamos lamentablemente hacia la desestructuración de las familias o unidades de convivencia;  vivimos en grandes ciudades en absoluta soledad,  la comunicación virtual nos aleja de la realidad y nuestra piel empieza ya a no necesitar el calor de otra piel más que para satisfacer el deseo físico,  o quizás ni eso.  Y de todo ello,  no nos engañemos, se resentirá nuestra capacidad de sentir y de amar.

Hace años ya que los sociólogos afirmaban que esa transformación tan feroz de la sociedad,  provocaría necesariamente una involución en el comportamiento y costumbres sociales,  recuperando los sistemas educacionales y de convivencia clásicos,  o de antaño,  pero lo cierto es que, desde mi punto de vista, esa involución no se ha producido y si lo ha hecho ha sido en segmentos muy pequeños de la sociedad y en escalas también muy determinadas de la misma,  lo cual posiblemente agudice todavía más esas diferencias y aislamiento de los seres humanos.

Quizás esa necesidad que he tenido de escribir algo cargado de amor,  haya sido por una cierta tristeza al pensar cuánta energía malgastamos en cosas superfluas y efímeras sin reparar siquiera en la belleza del mar,  el sol,  el viento,  la luna y el girar de la tierra que sí son perennes y siempre nos acompañan estando ahí.

En todo el escrito tengo que reconocer que Cole Porter ha puesto el ritmo y la melodía.